• Martes, 25 de Septiembre de 2018

Allí donde el fascismo despliega sus alas se impone la estricta aplicación del Estado de derecho y más ante un episodio ya vivido en el que una organización terrorista como ETA busca recobrar y asegurar su condición de estado, en el seno de esa sociedad, a través del terror.
 

Allí donde el fascismo despliega sus alas se impone la estricta aplicación del Estado de derecho y más ante un episodio ya vivido en el que una organización terrorista como ETA busca recobrar y asegurar su condición de estado, en el seno de esa sociedad, a través del terror.
La turba que golpeó a los guardias civiles y a sus compañeras no buscaba solo agredir en ellos a la Institución, sino escenificar ante ese pueblo una lección que intuyen olvidada: la de ser temidos y temibles. Fue un “mirad lo que hacemos con los que están aquí para preservar vuestros derechos y libertades”.
Así comenzó, en los umbrales de la tragedia, la barbarie de ETA; con palizas que la sociedad percibió como un acto de rebeldía contra la dictadura y ante las que la GC reaccionó con la perversa torpeza que le imponía esa realidad política, dando razones, que no razón, a su criminal sinrazón.
Hoy vivimos en democracia, pero no por ello en la impunidad.  Tenemos leyes y recursos para acabar con esa lacra y el deber de hacerlo. La aplicación del mandato legal que rige nuestra vida no puede quedar al albur de la conveniencia política, ni al capricho de una corriente social y más en este caso, donde, además de lo dicho, tenemos sobre la mesa de nuestra conciencia más próxima 800 muertos, miles de heridos y perseguidos. Personas que vieron y ven burlado su derecho a una justicia digna y una memoria limpia, por el mero afán de conformar a la bestia.