Miércoles 14.11.2018

Aquí estamos

Les escribo desde León, adonde me trajo un óbito familiar

Les escribo desde León, adonde me trajo un óbito familiar y un accidente. León, donde hay leyes antes de que en España reyes, aunque Rajoy no lo sepa, llegan enseguida las noticias de la capital del Reino.
Hace días, un programa de televisión entrevistaba a Joaquín Leguina, el único presidente de la Comunidad de Madrid no salpicado por la corrupción. Era el 2 de mayo.
Los demás presidentes, todos ellos del Partido Popular, no asistieron, puesto que estaban a las puertas de la prisión o los juzgados.
En Madrid, escribe David Gistau, es difícil no aceptar que las palabras “partidopopular y corrupción” funcionan como sinónimos.
Pero además de esa lacra que a Rajoy no le consta, el desmembramiento del partido viene a significar aquello de “el último que apague la luz”.
Y así, a oscuras, sostienen una lucha sorda por el poder María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría, que embarra a todo el partido. La relación entre ambas tiene que ver con la historia diaria del partido popular: corrupción, amiguismo.
Todo tiene que ver con los ataques de una y otra para ganar terreno o restárselo a la enemiga. Es un secreto a voces que en medio se encuentra el Centro Nacional de Inteligencia. Servicio secreto que, según los mentideros madrileños, cuenta, por un lado, con informes sobre la participación del esposo de Cospedal en oscuros negocios y, por otro, el fichaje por Telefónica del marido de la vicepresidenta.
Y en medio de todo, un presidente del Gobierno y del partido que, fiel a su conocida táctica “tancredista” de no mobver ni un músculo, espera que el tiempo resuelva la lucha.
Mientras en el partido, dicen los que saben, los alcaldes, concejales, diputados y cargos orgánicos están hasta las narices de las dos.
Así, la batalla de Madrid, que se extiende como el aceite por toda la vieja piel de toro, deja huérfanos a una serie de votantes que seguían a Mariano por sus repetidas aseveraciones de que “España va bien”, respondidas desde la calle por pensionistas, policías, jueces, feministas, parados, estudiantes, intelectuales, científicos, etc. O sea, el pueblo en la calle.
Añadan a eso que Europa nos pide cuentas ante tanto cuento que allí le llega desde el Gobierno en temas económicos, judiciales, de igualdad, violencia de género, etc. Así estamos. Y aquí estamos aguantándolos.

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