viernes 4/12/20

LA VIDA DE MARCOS

“Estoy vivo porque le hice caso a los animales, 

“Estoy vivo porque le hice caso a los animales, que han sido mis verdaderos padres, mi familia. Ellos nunca me han hecho nada y las personas sí. En Sierra Morena vivía feliz, la naturaleza te lo da todo, no te cobra nada”. 
Son algunas afirmaciones de Marcos Rodríguez Pantoja, un andaluz de 70 años –gallego de adopción por vivir en las cercanías de Ourense–, que vino a Compostela para contar la asombrosa historia de su vida a los alumnos de los institutos Arzobispo Gelmírez II y Rosalía de Castro. 
Su calvario empezó a los tres años cuando murió su madre. Poco después su progenitor contrajo nuevo matrimonio y la madrastra “me pegaba tremendas palizas”. Cuando el niño tenía siete años –corría el año 1954– el padre lo vendió a un viejo cabrero que un día desapareció y aquel pequeño, que no quería volver al clima de violencia familiar, fue creciendo en plena naturaleza en compañía zorros, cabras, ciervos y, sobre todo, de los lobos, que le acogieron y le dieron el calor que le negaron los humanos. Comía con ellos, dormía a su lado, aullaba como ellos… Era uno más en aquel paisaje. 
Hasta que en 1965 fue rescatado por la Guardia Civil. Cuenta que entonces empezó otro calvario para él, el proceso de readaptación e integración en una sociedad que no era mejor que la que había conocido en la infancia, puesto que sufrió burlas, timos, engaños y desprecios, lo que le hizo recuperar el miedo a las personas. Su conmovedora vida se cuenta en la película “Entrelobos”, de Gerardo Olivares.   
El abandono paternal y demás calamidades de Marcos se produjeron en un contexto de pobreza extrema en aquella España del racionamiento. Él y su entorno fueron víctimas de circunstancias que escapaban a su control y tiene mucho mérito su capacidad de superación para salir de aquella desgraciada etapa vital.
Pero en esta España de hoy, en un contexto socioeconómico mejor, sigue habiendo “muchos Marcos” maltratados o abandonados por padres y familiares y si desplazamos el foco algo más lejos aparecen los niños refugiados, víctimas de la guerra o del terrorismo, o los explotados de múltiples formas. 
Parafraseando a Thomas Hobbes, el hombre es tan lobo para el hombre que es capaz de ejercer la violencia y tortura más crueles, incluso con seres indefensos como los pequeños. Por eso, tal como está el mundo, puede que tenga razón Marcos Rodríguez Pantoja cuando dice que, a veces, “la vida entre los humanos es peor que la vida con los animales”. 

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