• Domingo, 23 de Septiembre de 2018

Rajoy, en Santa Pola

el miércoles pasado los periódicos venían densos, l

el miércoles pasado los periódicos venían densos, llenos de información y opiniones sobre asuntos de rabiosa actualidad: los Reyes en la Casa Blanca, Cataluña como siempre, la sucesión en el PP, la retórica gestual de Sánchez que promete hacer de España el país de las maravillas…
Todos asuntos importantes, pero la noticia que concitó la atención de mucha gente fue un suelto perdido en páginas interiores con el título “Rajoy se incorpora hoy a su puesto como registrador en Santa Pola” que, por cierto, ese día pasó desapercibida en tertulias, comentarios y análisis.
¿Dónde está la relevancia de esa noticia? En la naturalidad con la que una “persona normal” se va de la carrera política: perdida la moción de censura, se fue de la Moncloa, abrió el proceso de sucesión en el partido sin intervencionismo y dejó su escaño.
Más relevante aún es su renuncia al puesto cómodo y sueldo vitalicio en el Consejo de Estado, al aforamiento y a otras prebendas de su condición de ex y el reingreso en su puesto de registrador ganado por oposición a los 24 años. Una lección digna y elegante, sin precedentes en democracia, que da pie para dos reflexiones.
La primera, que el señor Rajoy es un profesional que antes de dedicarse a la actividad política cotizó a la Seguridad Social y al concluir esa etapa “me retiro de la vida política, vuelvo a donde estaba”, a Santa Pola para seguir trabajando. Tenía donde volver.
Ahora ocurre –-segunda reflexión– que llegan a diputados en los parlamentos, incluido el gallego, y a otros puestos políticos personas que “hicieron carrera” en las juventudes de los partidos sin haber trabajado nunca. Son los “profesionales de la política” y su vida depende de la lealtad al que manda, algunos también sin profesión, que es lo que les garantiza el puesto político que les da de comer. No tienen a donde volver.
El Congreso, los parlamentos regionales, ayuntamientos y otros puestos están ahora ocupados por muchos políticos profesionales que no sobresalen por su sólida formación y destacan más por su fidelidad al líder y al partido que por su capacitación para las tareas legislativas y de gobierno. Esta invasión de políticos “sin oficio” irá a más –la mediocridad tiende a crecer y perpetuarse– y amenaza la calidad de la democracia.
España y Galicia necesitan menos políticos profesionales mediocres y más profesionales solventes que ejerzan el oficio de la política. Sin otra servidumbre que la lealtad al pueblo.