Martes 20.11.2018

Como la Santa Compaña

A los de mi generación, y creo que a muchas anteriores a la mía, cuando oímos hablar de la Santa Compaña un frío helado nos recorre el cuerpo.

A los de mi generación, y creo que a muchas anteriores a la mía, cuando oímos hablar de la Santa Compaña un frío helado nos recorre el cuerpo. No podemos olvidar que se trata de algo ancestral y relacionado con la mitología popular de Galicia que se refiere a la reunión y procesión de ánimas que recorren zonas boscosas para llegar a una parroquia a anunciar el posible óbito o la defunción de alguien que mora en aquella zona. Mucho es lo que se ha escrito y también filmado sobre este deambular de ánimas en pena que no encuentran su camino de salida de este mundo y que durante tiempo y tiempo permanecen en las zonas donde habitaron.
Aunque las comparaciones son siempre odiosas, no me puedo extraer de comparar lo que está haciendo el Ejecutivo que preside Pedro Sánchez con lo que dicen los escritos, y las tradiciones orales de los más viejos del lugar, que son las caminatas hacia ninguna parte que protagonizan las almas en pena que deambulan por los bosques en noches con bruma y niebla y que integran la Santa Compaña.
Es un deambular a ninguna parte el que se ha impuesto el Gobierno de España, de signo socialista, que prefiere enrocarse en temas de menor trascendencia y ya desdibujados con los años, que a los que realmente hay que buscarles soluciones en unos tiempos convulsos que nos ha tocado vivir.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, prefiere exhumar los restos de Francisco Franco, el general que se alzó contra el régimen establecido y constitucional, que buscar soluciones a cuestiones relacionadas, por ejemplo, con los Presupuestos; los dineros para las pensiones sin romper la hucha; las veleidades catalanas, que siguen jugando con el resto de España para conseguir una independencia que sería el principio del fin de una Europa unida; los problemas que acarrean la llegada de inmigrantes a nuestras costas por el efecto llamada, o en zonas fronterizas saltando las vallas; el pacto educativo, o la financiación autonómica, por citar algunos de los más importantes para el futuro inmediato.
Muchas de las generaciones actuales no saben quién fue Franco. Estoy de acuerdo en que sus restos no deberían estar allí puesto que el lugar que él mando levantar, y construir con el esfuerzo de presos de la Guerra Civil, se hizo para dar descanso a los que lucharon y murieron en la contienda fratricida. Y el dictador, cuyo fallecimiento está a punto de cumplir 43 años, murió en una cama de un hospital madrileño y cubierto de tubos. Él, qué duda cabe, nunca fue merecedor de descasar en el gran mausoleo.
Estoy de acuerdo en que el Valle de los Caídos debería ser en toda su extensión un lugar para rendir tributo y homenaje a los que murieron en la guerra civil que dividió a España en dos. Un reconocimiento que se merecen las 33.833 personas allí enterradas, de las que tan solo algo más del 60 por ciento fueron identificadas.
Las cosas, señor presidente, se pueden hacer bien y de otra forma. Lanzar cortinas de humo con los restos de Franco para que la ciudadanía no se dé cuenta de las carencias que tiene su Gobierno, no me parece justo en estos momentos en los que se habla con insistencia de arrimar el hombro para superar la gran crisis en la que aún estamos envueltos.

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