Refugiados: los que no se callan

A penas hay ya noticias en los periódicos sobre la terrible tragedia de los refugiados y los gobiernos de la Unión Europea son incapaces de reaccionar.

A penas hay ya noticias en los periódicos sobre la terrible tragedia de los refugiados y los gobiernos de la Unión Europea son incapaces de reaccionar y de alcanzar acuerdos para paliar el problema de miles de ciudadanos sin esperanza. Mientras, en Siria siguen los enfrentamientos y las treguas pactadas no sirven ni para poder evacuar a los heridos. La situación en Alepo es desesperada y en Ghuta Oriental los últimos días ha habido más de 600 muertos y más de 2.000 heridos. Más de 400.000 muertos desde que empezó la guerra, millones los que han tenido que huir y la situación humanitaria de muchos de los supervivientes es trágica porque no tienen ni siquiera comida y la ayuda humanitaria llega a cuentagotas. Ni Naciones Unidas ni Estados Unidos ni Rusia tienen interés real en que el conflicto termine, mientras Bashar al-Ashad sigue detentando el poder. Una vergüenza para la humanidad. En los Oscar de la pasada madrugada competía en la categoría de mejor documental el titulado “Los últimos hombres de Alepo”. Ojalá sirva para ayudar a la paz y a la reconstrucción de ese gran país, hoy destrozado, que fue Siria.
¿Y aquí, qué? ¿Entre nosotros, qué? En el Ayuntamiento de Madrid sigue colgando una pancarta, cada vez más sucia, que dice “Refugees Welcome”, para dar la bienvenida a los que nunca han llegado. Nadie ha tenido interés porque llegaran. Casi nadie. En silencio, pero de forma efectiva, la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios ha creado un corredor humanitario para acoger refugiados en sus centros de Ciempozuelos y Manresa, con el compromiso de que en un año puedan tener plena autonomía. Lo cuenta la revista Vida Nueva en uno de sus últimos números, siempre pegados a los problemas reales de los ciudadanos desde una mirada eclesial, cristiana. Esos corredores humanitarios son la respuesta a la inmigración desesperada que se está produciendo. Hace unos días un periodista comprometido, Javier Bauluz, acompañaba por los Alpes a grupos de inmigrantes que buscan refugio en Europa. Lo cuenta desde su altavoz digital, www.periodismohumano.com. Los inmigrantes ya no mueren solo en el desierto africano o en el Mediterráneo. También mueren de frío en las montañas europeas.
Gente como Helena Maleno –juzgada en Marruecos por ayudar a salvar a miles de inmigrantes– o Mussie Zerai, sacerdote y fundador de la agencia Habeshia, dedicada a defender los derechos de los refugiados, son algunos de los que ponen encima de la mesa la cobardía y el silencio de casi todos los demás. “Europa pide a los inmigrantes que se mueran sin hacer ruido”, dice Zerai que añade que “ser racista e intolerante se está volviendo algo normal en las sociedades desarrolladas”. Y tiene toda la razón.
En ese mismo número de Vida Nueva que citaba antes, José Lorenzo dice que la caridad lleva más de un siglo aguantando las embestidas de quienes la desprecian porque, dicen, anestesia conciencias y retrasa la justicia. “Una caridad, dice Lorenzo, que no se ocupa de la justicia es un contrasentido, pero una justicia que desprecia la caridad, que solo ve ciudadanos y se guarda fría ante la persona es insuficiente para una sociedad fraterna”. Si somos personas, ya veces lo dudo, no deberíamos callar más ante este terrible drama del siglo XXI.