Viernes 26.04.2019

En clave de odio

Avanza la Semana Santa, el recuerdo del hombre que dio su vida por todos en clave de Amor absoluto, y avanza con un aumento preocupante de mensajes de odio, de actitudes activas de odio. Esta sociedad nacida en la Transición con tolerancia hacia todos, respeto al contrario, defensa de la libertad de todos, incluidos los opuestos, y capacidad para el diálogo y el consenso, se está convirtiendo no solo en una sociedad intolerante, sino en una sociedad que permite el crecimiento de la intolerancia y, en ocasiones del odio. Decía Petrarca que “los cinco enemigos de la paz que viven entre nosotros son: miedo, avaricia, envidia, odio y orgullo”. En la España de hoy, el odio avanza hacia la cabeza.

Se puede discrepar de cualquiera y eso, si se razona con argumentos, ayuda a avanzar, pero cuando se extiende el odio desde la escuela, la bandera y la lengua, o desde lugares como la Universidad que deberían ser templos de la libertad y del conocimiento, no auguran nada bueno. Ha sucedido en Barcelona con la candidata del PP que rechazó entrar y salir por la puerta de atrás. Está sucediendo con Vox en lugares como Cataluña o el País Vasco con violencia irracional, aun cuando algunos postulados de Vox no ayuden precisamente a la concordia.

Pero no es solo una cuestión de política y partidos. No es solo una cuestión de lo que han sembrado en los últimos años en Cataluña o de lo que todavía no hemos sido capaces de recuperar en Euskadi donde sigue habiendo lugares prohibidos a los que defienden la Constitución o la idea de España, lugares donde el odio ocupa el espacio de la libertad. Es una cuestión que afecta al núcleo principal de la sociedad, a su corazón. Los populismos casi siempre traen odio porque se instalan sobre la mentira y los prejuicios y plantean soluciones fáciles a problemas muy complejos. La xenofobia y el odio a los inmigrantes crece entre personas “normales”, cristianos que olvidan el mensaje de Jesús, ciudadanos de naciones, como la nuestra, que siempre han sido inmigrantes y que ahora rechazan al que huye de la violencia y la muerte. Y se extiende el odio religioso o el odio que toman como bandera el fanatismo religioso. En todos los casos siempre pagan los débiles y el odio es un arma de destrucción masiva.

El odio se extiende y llega a todos los rincones, incluso a los que parecen más lejanos. Los gritos en el campo de fútbol de algunos hinchas del Betis contra Caparrós, el entrenador del Sevilla, al desearle la muerte pocas horas después de que este anunciara que padecía una enfermedad incurable, enseñan lo peor de los indeseables. Lo mismo podríamos decir de algunos casos de acoso escolar que han causado la muerte de un alumno y el miedo de otros. Odio asesino, odio cobarde. El odio saca lo peor de cada uno y solo engendra más odio. Es una pistola que en las manos de los que lo practican se puede disparar en cualquier momento. Haríamos mal en permitirlo, en mirar hacia otro lado, en no excluir de nuestro lado a los que lo practican. Decía Mandela que “nadie nace odiando a otra persona por su color, su origen o su religión”. El odio no nace, lo creamos nosotros. Y lo sufrimos todos.

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