• Martes, 13 de Noviembre de 2018

Tolerar lo intolerable

Ni la política ni ninguna acción humana, libre y voluntaria, se rige por leyes naturales, fijas, inmutables y de cumplimiento obligatorio.

Ni la política ni ninguna acción humana, libre y voluntaria, se rige por leyes naturales, fijas, inmutables y de cumplimiento obligatorio. Tampoco se apoyan en verdades absolutas o de aceptación universal. Por eso, se dice que la relatividad ideológica es la esencia del sistema democrático. Éste no impone dogma ni doctrina mesiánica alguna. Rechaza el pensamiento único y defiende el pluralismo. Sólo así, es posible el ejercicio de la libertad como “derecho a elegir”, pues donde no hay opción la libertad no existe.
Admitido lo anterior, es conveniente hacer algunas reflexiones sobre los peligros de abusar de ciertos criterios o principios que, siendo razonables en su origen,  degeneran en el vicio contrario, traspasados ciertos límites.
Así ocurre, por ejemplo, con el derecho a la libertad de expresión que “tiene sin duda su lugar entre los valores democráticos”, como reconoce Todorov.
Si esa libertad exige tolerancia total, en el sentido de que “nada de lo que decimos puede ser declarado intolerable y se defiende el derecho a poder decir, cada uno, lo que le dé le gana, esa sociedad carece de una base de valores compartidos que le sirvan para fundamentar una vida en común”.
Lo anterior y otros ejemplos que podrían exponerse nos demuestran que el abuso o la permisividad absoluta, en el ejercicio de cualquier derecho, corre el riesgo de transformarse en el predominio de su contrario.
Eso pasa con el “relativismo” que, al afirmar, sin admitir restricción alguna que todo es relativo, incurre en el error contrario del dogmatismo, al que se opone y rechaza.
Esa dualidad antagónica la expresaban muy bien los antiguos juristas romanos que, citando un texto de Cicerón, afirmaban que “summum ius, summa iniuria”, es decir, sumo derecho, suma injusticia.
En efecto, si todo es tolerable, no existe nada intolerable, lo que repugna, no sólo a la razón, sino también al sentido común. De ahí, la necesidad de clarificar las ideas, mediante los conceptos y éstos a través de la definición que, como su propio nombre indica, supone señalar fines o límites al significado y extensión de las ideas.
En definitiva, la regla de oro para saber si un comportamiento humano es moralmente bueno, consiste, según la moral kantiana, en que pueda ser aplicado, con carácter general, a todas las personas, sin que resulte contradictorio. Su fórmula dice “obra sólo según una máxima tal, que puedas querer, al mismo tiempo, que se convierta en ley universal”. Por ejemplo, la máxima “es aceptable romper las promesas” provocaría la desconfianza en toda clase de promesas, si dicha máxima se generalizase, convirtiéndose en “autocontradictoria”. De ahí que, para Kant, una norma sólo será moral si es “universalizable”, es decir, si puede cumplirse y observarse por todos sin contradicción.
En conclusión,  podemos decir que, la tolerancia no debe admitirse cuando se base en materia o actitud que, si se generaliza, se convierte en intolerable.