martes 07.07.2020

Fanatismo religioso

El papa Francisco dice que “matar en nombre de Dios es una blasfemia”. Por nuestra parte añadimos que no sólo es una blasfemia o un sacrilegio sino que, además, es un crimen.

El papa Francisco dice que “matar en nombre de Dios es una blasfemia”. Por nuestra parte añadimos que no sólo es una blasfemia o un sacrilegio sino que, además, es un crimen y sus autores auténticos asesinos y criminales. Invocar el nombre de Dios para matar o matar invocando su nombre es acusar gravemente a la divinidad de “humanicida”.
Si creemos que “todos somos hijos de Dios” el acto de matar a nuestros semejantes es un crimen fratricida. Este mismo argumento sirve para calificar cualquier “guerra civil” como “incivil”, pues no merece otro calificativo el enfrentamiento violento entre hermanos. Es el cainismo español o “tierra de caínes” de que habla Antonio Machado en su obra “Campos de Castilla”. 
A fuer de ser sinceros, es justo reconocer que del fanatismo religioso difícilmente se libra ninguna creencia o confesión religiosa como la historia nos lo demuestra, con abundantes y crueles ejemplos, donde la intransigencia y la intolerancia religiosa fueron la causa de guerras, conflictos y grandes desgracias o tragedias humanas.
Pretender que la salvación se consigue persiguiendo y eliminando a los que no piensen como nosotros, es un atentado a la paz y solidaridad humanas.
Puede decirse que, si la religión nos remite a la unión con la divinidad mediante la conducta humana dirigida a transcender de la vida terrenal, es fácil caer en la tentación de eliminar a todos los que no coincidan con nosotros en la práctica de sus principios.
Al pretender todas las religiones ser depositarias de la verdad y considerar sus prácticas como el único camino de salvación, la consecuencia obligada a esos principios es considerar a los no creyentes como infieles a convertir o eliminar.
Como corolario de lo anterior, es preciso reconocer que solo con la libertad religiosa y la secularización del poder político, se consigue una democracia pacífica y ordenada. Por eso, cuando se instauran en una sociedad regímenes teocráticos que no admiten más ley y autoridad que la expresada y contenida en su fe religiosa, la sociedad civil, las libertades y derechos humanos y la disidencia ideológica son enemigos a los que se enfrenta el fanatismo religioso. Y lo peor es que las teocracias donde la religión lo invade todo y no existe distinción alguna en su relación con el Estado y la sociedad, es evidente que condenan “a priori” como enemigos, a todos los demás sistemas de vida y de organización social y política que no acepten o respeten esa doctrina única y oficial que, además, tratan de expandir y extender, incluso con violencia y terror por toda la faz de la tierra.

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