• Domingo, 23 de Septiembre de 2018

El saber ocupa lugar

Decir que el saber no ocupa lugar es ignorar que el saber debe ocupar el lugar preferente en la actividad del ser humano, como ente dotado de inteligencia y voluntad.
Como ejemplo, puede citarse el del erudito que es, sin duda, el que dedica más lugar en su cerebro a los conocimientos propios o adquiridos, esforzándose en conservarlos  y aumentarlos con vocación y esfuerzo permanentes. A los eruditos o “pozos de ciencia” puede llamárseles también “hombres almacén”, según la terminología de Ortega y Gasset, por ejercitar su mente y cultivar su memoria, como un registro o archivo de sus conocimientos y vasta cultura.
Por su parte, el sabio o amante del saber, es decir, el “hombre fábrica”, según la propia terminología orteguiana, dedica un lugar preferente en su actividad intelectual a extender y profundizar las enseñanzas, tesis y su propia doctrina.
Ninguna de esas dos mentes descansa. Pero mientras la primera “acumula” y expone lo que recibe; la segunda, “crea y produce” por sí misma, aportando nuevas ideas y pensamientos.
Cuanto más el saber ocupe lugar en la vida de las personas, más se confirmará la afirmación de Aristóteles de que todos los seres humanos tienen por naturaleza afán o deseo de saber. Y este deseo de saber tiene que desplegarse en un doble sentido: acumulando lo conocido para que no se pierda e incrementando sus conocimientos para el avance de la humanidad.
A los monjes y a su trabajo y estudios en los monasterios y a los investigadores y maestros en las universidades se debe la conservación del ingente y valioso caudal de conocimiento teológico, filosófico, científico y técnico de la Antigüedad hasta nuestros días.
Es cierto que el saber está almacenado y conservado en los anales de las enormes bibliotecas que existen en el mundo; pero ese inmenso caudal de sabiduría y conocimiento es la obra y el resultado del esfuerzo y estudio de nuestros genios antiguos y actuales. Con esto queremos decir que no todo lo producido por el cerebro humano cabe en su cerebro; pero nada de lo producido por el ser humano se ha logrado fuera de su cerebro.
La importancia del saber debe subrayarse también, como preludio o antesala del conocer, pues saber que una cosa es o que existe no supone, necesariamente, que se sepa lo que es. Esta precisión conceptual sólo se logra mediante el conocimiento, que es el que nos permite, a través de los pensamientos, elaborar las ideas que se producen en nuestra mente o cerebro.
Que el saber siga ocupando lugar preferente para llegar a conocer la realidad es la base y fundamento de la sabiduría.