• Martes, 13 de Noviembre de 2018

El eco y la palabra

Siempre se dijo que no deben confundirse las voces con los ruidos

Siempre se dijo que no deben confundirse las voces con los ruidos, ni el eco con las palabras. Pues, bien, estos viejos dogmas de la ciencia de la información y del conocimiento se cuestionan y pierden valor, ante el auge creciente y vertiginoso de la globalización y sociedad del conocimiento.
El ruido y el escándalo se hacen dueños y señores del arte y la práctica de magnificar los sucesos, noticias y acontecimientos que se desarrollan en el mundo, para que tengan el mayor eco y resonancia posibles.
Se piensa que si las noticias no hacen ruido, es decir, si no despiertan el interés de la gente, pasan desapercibidas y nacen condenadas al silencio y olvido.
Las noticias, por su propia naturaleza, tienen que hacerse “notar”, es decir, ser públicas y “notorias” y, por ello, necesitan la mayor difusión posible.
Como es lógico, sólo lo que se “anuncia” se hace público. Y para que llegue al mayor número de público se recurre al sensacionalismo, la exageración, la novedad y a las llamadas “primicias” o “exclusivas” informativas.
Es cierto que la palabra que no tenga eco, difusión o acogida, es prácticamente como si no se pronunciara o fuera inexistente.
Pero esa nueva manera de concebir la información introduce en su contenido el peligro de hacer necesario supeditar la certeza y veracidad de la misma a conseguir el mayor eco o impacto posible.
El eco puede amplificar o potenciar la fuerza de la palabra; pero nunca condicionar o manipular el valor de la misma en sacrificio de su mayor y más amplia aceptación y difusión.
La verdad de la noticia ya no está en la noticia misma, ni en su objetividad o imparcialidad, sino en que sea artículo preferido de consumo masivo.
Que las palabras tengan eco no debe obligar a que el contenido de la información se subordine o quede condicionado a ese resultado.
El periodista, como fedatario de la realidad, debe describir lo que ve con absoluta imparcialidad, objetividad e independencia. Debe atenerse a los hechos y describirlos como se producen; en cambio, el político está siempre sujeto a ser rehén del mayor impacto que puedan producir sus palabras. Este punto de vista es indudable que influye negativamente en la certeza y veracidad de la información, pues busca más el efectismo que la efectividad.
Ser esclavos del eco que puedan producir las palabras es renunciar a la defensa de la verdad como valor objetivo y convertir la información en mercancía apta para el mayor consumo posible.