• Viernes, 21 de Septiembre de 2018

Creer y odiar

el papa Francisco, en su reciente visita a Egipto después del terrible

el papa Francisco, en su reciente visita a Egipto después del terrible atentado que causó 47 muertos entre los copto-cristianos de Tanta y Alejandría, defendió ante los sabios del principal centro de referencia del Islam suní, la “incompatibilidad entre la fe y la violencia”, entre “creer y odiar”, y exhortó a los creyentes a promover una alianza para construir la paz.
Es evidente que esas palabras del papa expresan más bien un deseo que una convicción o realidad. No cabe duda de que su verdadera intención es la de condenar toda violencia que adquiere su mezcla más explosiva cuando se unen y alían “creer y odiar”. En el fanatismo de los radicales yihadistas que se suicidan matando a infieles al grito de “Alá es grande”, creer y odiar son totalmente inseparables, pues se retroalimentan y potencian mutua y recíprocamente.
Ante esa triste realidad, el propio papa disipó cualquier equívoco cuando, de forma contundente, condenó “cualquier forma de odio en nombre de la religión”.
Es cierto que “entre poner la otra mejilla”, como virtud evangélica o “a Dios rogando y con el mazo dando”, es difícil encontrar el verdadero equilibrio; pero sería ingenuo y suicida pensar que con la inhibición, el pasotismo o el buenismo, se combaten e impiden las agresiones y la violencia.
Ya Maquiavelo afirmaba que “no hacer nada, mostrarse pasivo es también hacer algo: normalmente, darle ventaja a tu enemigo”.
Como buen conocedor de la sicología humana, el propio Maquiavelo sostenía que “nuestros semejantes traicionan antes a quien aman que a quien temen” y, por eso, afirmaba que “es mucho más seguro ser temido que querido”. Se trata de una observación, confirmada empíricamente, que nos demuestra cómo de la debilidad de sus potenciales víctimas, se aprovechan los que pretenden agredirlas.
Sabido es que, cuando se habla de “guerra santa” por parte del radicalismo islámico, se reconoce un clima bélico y un enfrentamiento violento y en esas circunstancias no cabe la alternativa de “convencer o vencer”. Sólo se impone como última y necesaria “ratio”, la defensa decidida de las raíces y principios de la civilización occidental.
No se trata de que el fin justifique los medios; antes al contrario, se trata de adoptar los medios justos para conseguir el fin que se pretende. Éste no se logra sin medios adecuados; pero no todos los medios se justifican por el fin que se pretende lograr.