• Lunes, 24 de Septiembre de 2018

Aumenta la desigualdad

Es un hecho evidente que el aumento de la riqueza no resuelve por sí solo la creciente

Es un hecho evidente que el aumento de la riqueza no resuelve por sí solo la creciente desigualdad ni garantiza el desarrollo económico.
Lo primero, porque la desigualdad sólo se corrige con una justa, equitativa y general redistribución de la riqueza y de los bienes de uso, consumo y disfrute; y lo segundo, porque el crecimiento económico no supone desarrollo, ni reduce la desigualdad.
La tan repetida frase del crecimiento económico contiene una gran falacia, pues sólo sirve para enriquecer más a los ricos y ocultar que las clases menos favorecidas estén cada día en peor situación.
El crecimiento económico se refiere al incremento porcentual del producto interior bruto de una economía, en un período de tiempo; pero no tiene en cuenta lo que sucede con la distribución del ingreso y el reparto de la riqueza.
El desarrollo, en cambio, es el que “asegura las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para enfrentarse a sus propias necesidades”. Este es el verdadero desarrollo sostenible. Lo contrario sería pan para hoy y hambre para mañana, o lo que es lo mismo, falta de solidaridad intergeneracional.
Pero, además, la idea de desarrollo no es sólo economicista, sino que abarca otros aspectos como la libertad política, la seguridad social, la mejora de la justicia, la educación y la sanidad, amén de los servicios sociales mínimos y necesarios.
Tampoco la globalización ha servido de remedio para la desigualdad. Incluso ha contribuido a su ampliación, aumentando la producción en masa de bienes y productos de consumo sin que sus beneficios reviertan en los países tercermundistas que contribuyen a su creación.
Querer tener más, sin conseguir ser mejores, es privar de contenido ético el crecimiento económico. Eso no quiere decir que se confunda la desigualdad con la diferencia. La sociedad admite y reconoce, como natural, la diferencia que distingue e identifica al individuo como ser humano; pero lo que le indigna y subleva es la desigualdad abusiva y opresiva que, cada día, se acrecienta en detrimento de muchas poblaciones que carecen de lo mínimo para subsistir.
Es cierto que, según Adam Smith “el ánimo de lucro” es el motor de la actividad económica y origen de la riqueza de las naciones; pero en ese mismo siglo XVIII, Rousseau en su “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres” señaló que al pasar el hombre del estado de naturaleza al estado de sociedad civil, con base en la propiedad privada, los hombres se lanzaron hacia las riquezas, desarrollando todas sus facultades para beneficiarse a costa de los demás.
Esa situación dio lugar al nacimiento de la sociedad civil y del “Contrato social” del propio Rousseau, considerándolo como obra de la razón y del derecho destinado a garantizar el imperio de la justicia y la felicidad. Así nació el Estado de Derecho.