Los temporales, en los meses con “r”

Cuando era niña, en uno de los libros de texto, no recuerdo el curso, venía un fragmento de “Viaje a la Alcarria”, de Camilo José Cela. “En la playa del Orzán, todos los años se ahogan dos o tres forasteros.

Cuando era niña, en uno de los libros de texto, no recuerdo el curso, venía un fragmento de “Viaje a la Alcarria”, de Camilo José Cela. “En la playa del Orzán, todos los años se ahogan dos o tres forasteros. Antes había un letrero que decía: Prohibido bañarse a los forasteros. Los forasteros, al leer el cartel, lo tomaban a mal y se bañaban”. Los forasteros se ahogaban porque no conocen la playa del Orzán, que es un sitio donde, salvo excepciones, se mueren los de fuera porque los de aquí sabemos de qué va la película. Con los temporales, pasa exactamente lo mismo.
El viernes, el viento se llevó unos cuantos “cachos” de la cubierta de Riazor y el partido que se iba a jugar con el Betis se suspendió. Los sevillanos, que ya se habían gastado el dinero en el billete y en el hotel, hicieron las maletas y se volvieron para el sur sin rechistar. El sábado le tocó el turno a Balaídos. Misma historia: temporal, “cachos” de cubierta volando y partido suspendido. Pero el rival era el Real Madrid y en la capital no sentó nada bien que no se jugara. Se habló de todo, desde oportunismo a morro pasando por conspiración. Como si jugar mientras vuelan las planchas con vientos de más de cien kilómetros por hora fuera una opción razonable. Ahí empezaron a salir uralitólogos expertos que opinaban que por qué no subían los Pepe Gotera y Otilio que tuvieran de mano y que eso se arreglaba en un “volao”, valga la redundancia.
Es comprensible que al Real Madrid, que es un club donde juegan unos señores muy ricos y muy ocupados, no como los futbolistas de provincias, le venga mal un trastorno así. Que resulta que tienen la agenda muy apretada y no encuentran hueco para venir a darle una paliza –o, al menos, esa es la intención– al Celta. 
Los forasteros, igual que no entienden el mar del Orzán, tampoco entienden lo que suponen los temporales que azotaron Galicia la semana pasada. Inundaciones, destrozos, árboles caídos, una persona fallecida y miles de ellas sin suministro eléctrico. Ya decía el presidente Mariano Rajoy que iba a bajar la luz si llovía. Y vaya si ha sido verdad. De hecho, los gallegos que no han podido encenderla en tres días, seguro que han ahorrado de lo lindo en la factura. Hasta la Torre de Hércules, que se apagó el sábado por la noche por culpa de un rayo, lo va a notar en el próximo recibo.
Para que los que no son de aquí lo entiendan, la cosa va así. Los temporales son como el marisco: se pueden probar todo el año, pero los más gordos se dan en los meses con “r”. Y, cuando el mar y el viento se juntan y deciden colorear el mapa de MeteoGalicia al encender las alertas roja, naranja y amarilla al mismo tiempo solo podemos guarecernos y tener a mano esa vela que se guarda de toda la vida en el cajón de la cocina para cuando hay tormenta. Cuando eso pasa, los gallegos compartimos el mismo miedo que aterrorizaba a Asterix y a sus compañeros de la irreductible aldea gala: que el cielo no caiga sobre nuestras cabezas. Y, si vuela la uralita, ya dejamos que suba un forastero a arreglarlo.