Final sobrecogedor y con defectos especiales

La culpa de todo, al menos por una vez, no fue de Yoko Ono. Los responsables fueron Martha

La culpa de todo, al menos por una vez, no fue de Yoko Ono. Los responsables fueron Martha y Brian, los dos empleados de PriceWaterhouse Cooper que tenían que custodiar los sobres en donde pone ese nombre que se dice después de la famosa frase “Y el Oscar es para...”. Si se cumple la mitad de los tópicos del cine de Hollywood, seguro que Martha y Brian habrán pasado el día de ayer bajo el edredón, comiendo toneladas de helado y autocompadeciéndose, o curando las penas en la barra de un bar mientras un camarero les dice que ya han bebido suficiente por hoy. La cosa no es para menos porque cagadas de ese tipo las cometemos todos y todos los días. La cosa está en que no lo ven en directo 35 millones de personas. Claro que peor lo pasó la productora Jane Chapman, que se enteró viendo la tele de que estaba muerta. O sea, no estaba muerta pero se llevó un buen susto cuando vio que la incluían por error –otro más– entre las fotos para recordar a los fallecidos del mundo del cine en el último año.
En el fondo, fue la mejor forma de animar una gala en la que, como cualquier cosa que pasa en la Meca del cine, todo se ajustaba al guion. El humorista de turno estaba en su papel, hubo chistes sobre Trump, aunque menos de los que se esperaban y “La La Land” fue la ganadora de la noche aunque no como la apisonadora con 14 estatuillas que algunos creían. La anécdota de la edición número 89 de los Oscar nos enseña que nunca se puede uno ir del estadio antes de que el árbitro pite el final. Los productores de “La La Land” tuvieron su minuto de gloria; en realidad, tuvieron dos y medio, en los que pudieron dar las gracias a toda su familia y amigos hasta que se les puso esa cara que se te queda cuando le dan el oscar a otro pero no te ha dado tiempo a ensayar con calma delante del espejo.
La otra cara de la moneda es la de los productores de “Moonlight”, que ya se iban para casa diciendo aquello de “O caso é ter salú”. Y, de repente, todo cambió. Como con ese gol que entra en el último minuto. Esa alegría con la que ya no contabas. Esos 50 euros que aparecen como por arte de magia al meter la mano en el bolsillo trasero de unos vaqueros.
Así que Martha y Brian, que se las prometían muy felices cuando entraron en el Dolby Theatre pisando alfombra roja y pensando que aquello estaba chupao, necesitarán mucha psicoterapia y películas románticas –o de tiros, según gustos–, para superar este momento. Aunque lo que realmente les ayudaría a purgar su pecado sería la catarsis que mejor funciona en Hollywood: hacer una película sobre ese momento –con perdón del chiste– sobrecogedor. Eso sí, con final feliz y unos cuantos defectos especiales.