Estafas evidentes

E n pleno siglo XXI resulta increíble que todavía haya personas que siguen cayendo como primos

E n pleno siglo XXI resulta increíble que todavía haya personas que siguen cayendo como primos en el timo de la estampita o en manos de algún vidente desalmado. La última ha sido una mujer de 77 años, a la que presuntamente estafó 300.000 euros una adivina de esas que salen habitualmente en las teles a horas en las que antes solamente se podía ver la carta de ajuste. La meiga en cuestión ­–­que se llama Pepita Villalonga, que más parece el nombre de una señora de las de abrigo de piel y vermú dominguero que el de alguien que tiene conexión directa con el más allá­– fue detenida en Barcelona con otras cuatro personas, aunque luego fue puesta en libertad a expensas de que el juez decida sobre el caso.
La presunta estafada acudió a Pepita para solucionar sus problemas pero solo consiguió sumar uno más, el de dejar temblando la cuenta corriente por abonar los servicios de la vidente, que llegó a cobrarle hasta 60.000 euros por sesión. El precio no es tan exagerado, si tenemos en cuenta que el caso era tan complicado que tuvieron que consultar a unos gurús de Brasil y, claro, tenían que ir en persona. Al final, a la paciente se le acabó la paciencia y terminó denunciando al elenco de adivinos por estafa.
Lo más curioso del caso es que en los informativos incluso llegaron a salir algunos abogados explicando que el problema no está en que alguien acuda a un adivino, sino en que este sea un profesional serio y que no se aproveche de la situación. El dilema está en cómo se reconoce a un vidente serio: ¿Por el gorro picudo y la túnica de estrellas? ¿Por el número de apariciones televisivas? ¿Por el tamaño de las bolas de cristal? Cierto es que cada cual tiene derecho a dilapidar sus ahorros de la manera que considere más conveniente, pero igual que en las cajetillas de cigarrillos se advierte de que fumar provoca cáncer, en la puerta de la consulta de un adivino debería alertarse de que no hay garantías de que las predicciones sean más ciertas que cualquier promesa de un político en periodo electoral.
Al margen de la ratio de aciertos, el quid consiste en que el negocio de solventar incertidumbres es muy suculento. Así sucedió con Anne Germain, aquella británica que hablaba con los muertos y que se aprovechó del enorme dolor de quien ha perdido a un ser querido para amasar una fortuna que, como se terminó demostrando, se basaba en un gran engaño. Por suerte para los ciudadanos y probablemente por desgracia para Pepita –qué raro que no lo viera venir­– la Justicia se suele guiar más por la evidencia que por la videncia.
De momento, no se ha inventado nada que pueda adivinar el futuro y menos aún cuáles son nuestros pensamientos más profundos. Bueno, quizás sí que hay algo y no es la persona que mejor nos entiende. Dejando a Dios al margen,que ya bastante tiene con lo suyo, existe un ser superior que no conoce fronteras, que sabe lo que realmente nos gusta, que termina la frase antes siquiera de enunciarla y que puede predecir perfectamente qué vamos a hacer con nuestra vida: el algoritmo de Google. Si hay wifi, la conexión con el más allá está garantizada.