domingo 17/1/21

Ferrol, sin comparación con la trama de la “Pokémon”

Es necesario marcar distancias. No es lo mismo estar imputado en un caso como el “Pokémon” que figurar en un listado de una empresa que, si bien es cierto que es parte de la investigación policial y judicial, nada tiene que ver con la supuesta percepción de dinero o regalos de alta gama.

Es necesario marcar distancias. No es lo mismo estar imputado en un caso como el “Pokémon” que figurar en un listado de una empresa que, si bien es cierto que es parte de la investigación policial y judicial, nada tiene que ver con la supuesta percepción de dinero o regalos de alta gama. Vivimos en un país en el que recibir obsequios por Navidad forma parte de la estética más común de esta sociedad pero también en el que la normativa de la administración pública incluye esta posibilidad como un elemento de obligada exclusión. No es comparable, en ningún caso, un Rolex con unas botellas de vino y una caja de bombones, como ha sucedido supuestamente en Ferrol. Lo primero conlleva, en buena lógica, una contraprestación; lo segundo implica un simple “detalle” que, si bien no evita las suspicacias, lejos está en todo caso de garantizar una adjudicación. En plata, los bombones endulzan pero no dan de comer, como tampoco el vino o una botella de champán pasan a formar parte del patrimonio personal. La lectura no obvia las responsabilidad que conlleva ser un cargo público y, por esa misma razón, dar ejemplo allí donde se encuentra la base de su función. Pero nadie habla aquí de deshonestos, de maquinadores dispuestos a participar de un supuesto entramado de favores cuyo objetivo único es el lucro a cualquier precio.
Lo que la sociedad juzga, como suele suceder, lo prejuzga. Es en la calle en donde están los sacos en los que cabe todo, en especial en un país habituado a ver, día sí y día también, escándalos que agravian la más dura de las sensibilidades y recogen, como en ningún otro caso, la ira de quienes cada jornada se entregan, bien en un andamio, bien en la función pública o la política, a buscar lo mejor para sí mismos y los suyos, pero no a costa de los demás ni mediante artimañas de complejo diseño y rebosantes de la opacidad que las caracteriza. No es comparable una falta sobre la que nunca se pensó que llegase a ser tal con un delito del que se es plenamente consciente de que se está cometiendo. Esta distancia es la que hay que tener en cuenta. Es cierto que ni uno ni otro deben existir, ya que ambos restan credibilidad y confianza, pero la sociedad debe también saber distinguir entre ambos casos y ser consciente de que la voraz época en la que nos ha tocado vivir debe tender, obligatoriamente, a su fin. Es este un país en que se echan en falta acciones como las que se acometen en otros, en los que las dimisiones, cuando son razonables, se asumen como un elemento consustancial con la acción. Pero no es este el caso de Ferrol en lo que atañe al hecho de verse incorporado a un listado de una empresa que todavía está por ver, al menos en las circunstancias que nos ocupan, si es parte sustancial o no de un sumario interminable, del que supuestamente se traslucen acciones verdaderamente punitivas y un grado de corrupción alarmante.

Ferrol, sin comparación con la trama de la “Pokémon”
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