Martes 26.03.2019

Leticia monarquicana

La reina Sofía consiguió, quizá sin pretenderlo, una corriente

La reina Sofía consiguió, quizá sin pretenderlo, una corriente de respeto y cariño de muchos españoles que vieron en ella una conducta ejemplar durante su reinado. No era fácil en una España que daba portazo a una dictadura pero que mantenía un sentimiento nacional muy acusado, mucho más que hoy, teniendo en cuenta que la reina no era española.
Es posible que su dedicación a la educación de sus hijos y su compromiso con cuestiones sociales prolongado en el tiempo, fuera larvando ese sentimiento empático con su majestad que se vio multiplicado a medida que la moral despistada del monarca la presentaba como la víctima de su marido. Podemos añadir a ello la clase y la categoría con la que ella llevaba cada escándalo de faldas que acompañaba al rey desde tiempos inmemoriales. Con una profesionalidad que superó lo exigible, la reina aparecía sonriente, por fuera, en cada acto protocolario que el cargo le obligaba. Era su forma de proteger a la institución y de trasladar a la ciudadanía un sosiego que, seguramente, solo era aparente.
Los ciudadanos intuíamos su esfuerzo y lo valorábamos como un servicio más al pueblo. Casi de la misma manera que el rey se benefició de las bondades de la transición y de su papel conocido durante el 23 de febrero. Una y otro, cada uno a su manera, justificó durante su reinado el papel que los españoles les adjudicamos votando la Constitución de 1978.
Pero pasan los años y los hijos crecen y con ellos los disgustos como sabemos bien todos los padres del mundo. Las hijas no casaron bien. Una divorciada y otra casada con un aspirante a presidiario por asuntos poco ejemplificantes. Felipe se convirtió en la gran esperanza de la familia porque además la ley sálica le garantizaba un trono que en la España de la igualdad entre hombres y mujeres hay quien podría discutirlo. El joven Felipe quiso hacer una vida normal, como la de cualquier joven, vamos a aceptar esto, y ello conllevaba tener amigos y relacionarse con otros jóvenes que no gozaban de sus prebendas, pero le aportaban diversión.
La Casa Real esperaba una boda de estado para el príncipe de Asturias que garantizara el futuro de la institución. Varias candidatas manejó el entonces príncipe, y ninguna del gusto de la casa, todas guapas y de perfil elegante, pero ninguna se adaptaba bien al papel de reina según lo concebía la real Casa.
Así Felipe harto de no poder elegir rompió la baraja y haciendo homenaje a su título, eligió a una asturiana del pueblo, separada y periodista, para hacerla reina y lo hizo. Curiosamente los monárquicos no la aceptaron de buen grado y los republicanos o mediopensionistas lo celebraron.
Letizia se propuso recrear la monarquía española y pasó, definitivamente, del ejemplo impagable de la reina, como ella misma lo llamó. Felipe le dejó hacer y ella en silencio y trabajando mucho, llenó el palacio de progres republicanos y culturetas que ella utilizaba para aparentar una ruptura con el pasado y el nacimiento de la institución monarquicana que los convirtiera en los reyes ye-yes que ella pensaba que demandaban los nuevos tiempos. Sin su historia, sus aciertos y errores y su dinastía, la monarquía carece de sentido y los intentos de Letizia solo la ponen en peligro. Si a ello añadimos los desprecios inaceptables a doña Sofía los monárquicos tradicionales se alejan y los republicanos amigos la hundirán en cuanto puedan. Un error de Letizia cuyas consecuencias ni ella misma imagina.

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