El silencio de la vergüenza

El destino hace de las suyas. El fin de semana nos ha dejado el cuerpo temblando

El destino hace de las suyas. El fin de semana nos ha dejado el cuerpo temblando y el alma encogida ante la violencia de tres asesinatos de mujeres, dos de ellos en Galicia. A veces da la sensación de que la brutalidad machista es una enfermedad que funciona por brotes, como si fuera un mal contagioso. Casi al mismo tiempo que se producían estos tres asesinatos se publicaba el informe del Observatorio contra la violencia doméstica y de género del Consejo del Poder Judicial. Con estas muertes en la retina y sin ánimo de que este comentario se centre en la frialdad de las estadísticas, algunos datos que recoge este informe merecen una reflexión.
La primera cifra que llama mi atención es que los juzgados reciben cada día 426 denuncias por violencia de género. Eso quiere decir 426 mujeres, cada día, se atreven a desafiar a su maltratador. Es un 14% más que el año anterior. Llevamos años insistiendo en la necesidad de que la víctima o su entorno presente esa denuncia porque es la condición necesaria para que el protocolo judicial se ponga en marcha. Buena noticia, parece que esa recomendación comienza a calar. La cara negativa es que solo el 1,31% son denuncias presentadas por los familiares de la víctima. Es decir, que toda la responsabilidad de denunciar recae sobre la mujer maltratada y que la familia o el entorno no toma la iniciativa. Esto es preocupante porque sabemos que para la víctima ir a la policía es un acto que realiza cuando ya no aguanta más. ¿Cuánto dolor se le hubiese evitado denunciando con antelación?
Preocupante es el número de mujeres que se echan atrás y retiran la demanda. De las 38.402 denuncias presentadas, en 4.810 casos la víctima decidió no declarar. La única explicación es que detrás de ese número hay 4.810 mujeres con miedo a la represalia. Es un mensaje claro a las administraciones: las víctimas necesitan sentirse protegidas para seguir adelante con el proceso. Por último se incrementa el número de sentencias, de las cuales la mayoría son condenatorias para el agresor. La conclusión es que la justicia hace su trabajo. Pero la pregunta es si con ello resolvemos el problema. Me temo que no. Estamos ante una realidad dolorosa, desigualmente comprendida y desigualmente tratada. Una realidad ante la cual buena parte de nosotros no hemos querido mirar a los ojos. El maltrato y la vejación hacia la mujer ha sido un tabú durante siglos. Un asunto que nadie ha querido reconocer, ni quien las sufre, ni quien la ejerce. Ni las familias de unos y otras. Hemos amparado esta violencia con el silencio. El silencio de la vergüenza.