lunes 26/10/20

Detrás de las medallas

Pocas veces un premio puede ser tan merecido. El Príncipe de Asturias a la Concordia recayó este año en una mujer periodista que de manera humilde, pero constante, denuncia con valentía, desde los micrófonos de Radio Okapi en el Congo, la violencia sexual que sufren las mujeres en su país.

Pocas veces un premio puede ser tan merecido. El Príncipe de Asturias a la Concordia recayó este año en una mujer periodista que de manera humilde, pero constante, denuncia con valentía, desde los micrófonos de Radio Okapi en el Congo, la violencia sexual que sufren las mujeres en su país. Los datos son macabros: 400.000 mujeres violadas al año, según American Journal of Public Helth. Al horror de una zona en estado permanente de guerra desde hace años se suman las violaciones  y abusos masivos por parte de soldados supuestamente encargados de proteger a los civiles.
El premio significa un reconocimiento a la labor de denuncia de una periodista que carga con múltiples amenazas de muerte. Pero quiero entender que también es un mensaje a todas nuestras conciencias sobre el constante incremento de la violencia contra las mujeres en el mundo y de manera especial en África.
Las portadas de los diarios se tiñen de sangre cuando los informes de los organismos internacionales dan las cifras de este horror o cuando un caso de violación múltiple nos sacude desde la India. Hoy mismo al escribir estas líneas Human Rights Watch (HRW) denuncia a los soldados de la Misión de la Unión Africana en Somalia de abusos y explotación sexual a mujeres y niñas.
Bring Back our Girls, la campaña contra el secuestro de 200 niñas en Nigeria por los extremistas de Boko Haram, inundó durante semanas las redes sociales. El impacto de las inocentes caras de esas criaturas secuestradas recorrió el planeta. Michelle Obama y Angelina Jolie hicieron suyo el lema y reclamaron su regreso, pero el impacto mediático duró poco tiempo y las pequeñas han pasado al olvido sin que nada se sepa de ellas.
Los premios a quienes luchan contra una de las más grandes vergüenzas de nuestro tiempo son un reconocimiento y un apoyo, es verdad. Pero esto no debe hacer perder de vista lo que de verdad importa: que esas niñas vuelvan a casa, que termine de una vez por toda la violencia masiva y se juzgue a los culpables. Sólo así se puede demostrar que se está actuando.
Caddy Adzuba, la periodista congoleña, sólo tiene como arma en esta batalla su micrófono y su valentía para desafiar a los que la quieren acallar. La comunidad internacional puede actuar con otras de mayor peso y eficacia. Para eso, claro, hace falta voluntad política y, a veces, es más cómodo y sencillo ampararse detrás de una medalla.
(*) Carla Reyes Uschinsky es presidenta de
Executivas de Galicia

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