Becas de castidad

Las feministas de Sudáfrica  están en pie de guerra. Y no es para menos. La alcaldesa de Uthukela, un distrito en el este del país, ha tenido la brillante idea de conceder becas de estudio a las chicas vírgenes. Las adolescentes deberán pasar exámenes médicos al finalizar el curso para renovar la subvención. Hasta el momento de las 113 becas que otorga el consejo de  Uthukela a los alumnos con buenas notas en los exámenes de acceso a la universidad, 16 fueron para  jóvenes que demostraron no haber mantenido aún relaciones sexuales. 
Los argumentos de las autoridades para defender esta práctica discriminatoria es que se legitima la cultura africana que considera que las mujeres deben llegar vírgenes al matrimonio. Pero también avanzan argumentos menos subjetivos. Los defensores de las becas de castidad aseguran que se evita así el contagio del sida y los altos niveles de maternidad adolescente. El país de Mandela reconoce en su carta magna el derecho a la igualdad y, por lo tanto, los opositores afirman que la medida vulnera este derecho. Desde organismos internacionales también se insiste en que un mejor acceso a los sistemas anticonceptivos y mejor educación sexual serían medidas más eficaces en la lucha contra el embarazo adolescente y más justas y respetuosas con los derechos  constitucionales de las jóvenes sudafricanas.
La iniciativa de la alcaldesa no es nueva. Desde el año 2013 la ciudad de Bo  ofrece becas universitarias de cinco años para las estudiantes siempre que se comprometan a mantenerse vírgenes hasta su graduación. Sierra Leona es el país que registra más embarazos adolescentes del mundo, una triste estadística que tiene como consecuencia que el 80% de las chicas queda fuera de la enseñanza. En Uganda también se ofrecieron estas becas a las adolescentes para evitar que cayeran en manos de hombres mayores que les ofrecieran seguridad económica a cambio de sexo y al mismo tiempo detener la extensión del sida. Como telón de fondo, en el caso de Sudáfrica, está el peso de una cultura en la que el valor de la mujer se mide en su castidad y pureza para llegar al matrimonio. Por ello uno de los primeros en salir en defensa de la propuesta fue la casa del rey de los zulúes, Goodwill Zwelithini, quien alabó la medida y recordó a sus fieles que la monarquía zulú obliga a sus mujeres a llegar castas y pura al matrimonio.
Es tristemente llamativo que las autoridades sudafricanas no tengan otra ocurrencia para resolver un problema originado por la discriminación y el sometimiento de la mujer, que aplicar una medida que hace perdurar -precisamente- la desigualdad ante la ley. Triste también que los organismos internacionales, ONU Mujeres a la cabeza, sólo se limiten a constatar la injusticia.
(*) Carla Reyes Uschinsky es presidenta de
Executivas de Galicia.