miércoles 20.11.2019

Mentes y dementes

Aveces, esta servidora que a su vez es pensadora, se para un ratito a reflexionar sobre la vida y su sentido. Es algo que forma parte de mí. Tengo que tratar de entenderlo todo porque detesto la sensación de cerrar las puertas de los dormitorios dejando las camas deshechas… Qué se le va a hacer… Una es así y es tarde para dar cabida al desorden físico o mental, siendo este último el peor de los desórdenes.

Cuidamos nuestro cuerpo. Nos embadurnamos de potingues que nos prometen la eterna juventud y estamos dispuestos a probar cualquier novedad en cuanto una fuente relativamente fidedigna nos habla de algo que asegura funcionarle. Los humanos, en general, somos así. Supongo que nos aburrimos de la vida y de nosotros…, quizás por ello, el innovar con cremitas, mágicos anticelulíticos o levanta párpados, nos hace sentir algo nuevo… Y tras esa maravillosa y efímera sensación de que tenemos todo el control de nada en nuestras manos; nuestro cerebro hace más soportable el devenir de los acontecimientos que no dependen de nosotros. 

La mente es maravillosa. Una herramienta que es a su vez arma y gran desconocida… Pero por ello, es necesario tratar de hacer que sirva para algo útil. Todos tenemos una, así como la predisposición para realizar algo valioso con ella. Sin embargo, es la gran olvidada del cuerpo, la que se da por hecho, la que aparentemente no se arruga, ni le salen manchas, ni se queda calva. No nos damos cuenta de lo necesario que resulta realizar ejercicios de entendimiento de la vida y del entorno, pararse a pensar, a observar y a aplicar positivamente unas conclusiones que deberían transformarse en aportaciones en cualquier campo.

En mi opinión hay tres tipos de mentes. Existen las brillantes, que son aquellas que manejan ideas; las corrientes o incapaces de profundizar-posiblemente por falta de práctica- y, por ello, no hacen mucho más que hablar de la actualidad que nos sacude; y las mediocres, que son las que ocupan su tiempo en hablar o juzgar a los demás.

Inclúyanse ustedes en el grupo en el que creen estar, pero sean honestos consigo mismos. Tendemos a disfrazar nuestros defectos con mentiras, buenos propósitos, u ocultaciones de realidades… Eso no es bueno, como tampoco lo es el conformismo. Todos podemos subir de nivel, hacer un esfuerzo por aportar algo a una sociedad telemática y burocrática en la que los quehaceres se han multiplicado para casi todos y en la que apenas queda tiempo para pensar en lo divino y en lo humano. 

Utilicemos nuestras mentes en crear algo. Pensemos más, desarrollemos nuestras inteligencias y no permitamos que se atrofie lo más valioso que tenemos. Pobres o ricos, tristes o felices, solos o acompañados; en nuestra cabeza habita algo que- bien gestionado-, puede ser maravilloso para la sociedad. Una mente fallida es una mente demente. Un enemigo del yo y del todo. Una lacra invasiva que corrompe, confunde, distorsiona y retroalimenta el mal hacer. Me saco el sombrero ante esas personas que han venido a la vida con una patología que les impide pensar con normalidad, pero es del todo imperdonable que aquellos que hemos sido bendecidos con una mente sana no contribuyamos a crear una sociedad productiva. Así que ya lo saben: si no están dispuestos a aportar, es mejor que se aparten.

Mentes y dementes
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