martes 27/10/20

Noticias que no lo son tanto

Dicen que esto del periodismo es el cuarto poder –ya saben, tras el Estado en sí mismo, el Ejército y la Iglesia–, una frase, como todas, que puede o no tener vigencia, sobre todo cuando se tienen en cuenta realidades como las demostradas en las últimas semanas en materia de espionaje electrónico por parte de Estados Unidos.

Dicen que esto del periodismo es el cuarto poder –ya saben, tras el Estado en sí mismo, el Ejército y la Iglesia–, una frase, como todas, que puede o no tener vigencia, sobre todo cuando se tienen en cuenta realidades como las demostradas en las últimas semanas en materia de espionaje electrónico por parte de Estados Unidos. ¿Solo EEUU? Dejémoslo, no vaya a ser que descubramos lo que resulta tan evidente. Porque, a estas alturas, ser tan ilusos como para dejar que nos sorprenda tal noticia, lo es tanto como que volvamos a creer que la corrupción no existe, o que la caída en las tasas de desempleo, por ejemplo, indica una recuperación sostenida y con futuro cuando de sobra se conoce el carácter estacional de los datos.
En 1987, o tal vez en el 88 –no lo recuerdo exactamente–, incluso el concepto de libertad que este país creía vivir se acercaba más a la utopía que a los hechos. Trabajaba ya como periodista. Durante unos días y en varias ocasiones sucedió que el teléfono sonaba. Normal, dirán ustedes. Solo que quien salía al otro lado de la línea era una periodista, precisamente de El Ideal Gallego que, como yo, descolgaba y preguntaba a su vez quién era el llamante. Dudaba ella de mi explicación, tal vez por entender que le estaba gastando una broma. No tal, porque evidentemente la repetición constante y continuada de este “fallo” telefónico demostraba a todas luces que, en algún lado de la línea, alguien había cruzado mal los cables. De este modo, si llamaban –daba igual a cuál de los dos números– el “cortocircuito” implicaba que estos se conectasen sin dar paso al entrante.
La dictadura que este país todavía no había olvidado había dejado restos tan necesarios incluso para un Estado democrático que era mejor no prescindir de ellos. Así que por entonces seguía siendo frecuente que cada periodista tuviese una especie de ficha policial, en la que se informaba de su tendencia o filiación. Lo de las llamadas que no lo eran se acabó curiosamente poco después de que, ya más que harto, concluyese una conversación con no recuerdo quien en la que le comentaba lo que estaba sucediendo y en la que, para finalizar, me di el gusto de decir: “¡Ah! Y el que esté de guardia, que se joda”. Solo por si todo aquello era lo que parecía.
Me fascina, no me sorprende, esa ofensa con la que ahora más de una institución, alguna embajada o más de un país se manifiestan en signo de reprobación. ¿Qué esperábamos, entonces? ¿Que ahora que los chips han sustituido a los transistores y que un micrófono o una cámara puede tener el tamaño del ojo de un botón, la cosa iba a ser diferente? Lo dicho hace 25 años: El que este de guardia, que...

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