Después de ocho años de travesía por el desierto, el deportivismo se echó a las calles para celebrar la vuelta al lugar que le corresponde. Pero, mientras la juerga blanquiazul comenzaba, el cielo empezó a atronar. Y los que creemos en el simbolismo tenemos claro que no eran unos rayos cualquiera, eran los nuestros, especialmente O Bruxo, festejando.
