Ya hay que tener mucha afición para ir un domingo de invierno a las nueve de la noche al estadio. Y más para ver un partido que, a priori, no prometía grandes emociones. Lo mínimo era volver a casa con un resfriado y con una victoria. Pero nada más lejos. Lo de la victoria, lo otro está garantizado. Normal que Riazor dejase patente su enfado.
