Cuando uno ha crecido entre vendavales y aguaceros, tiende a minimizar los riesgos de una alerta naranja. Y las llamadas a la precaución pasan a ser como esas letanías de las madres que no acaban de calar por más que las repitan. Hasta el punto de que hay quien pasea al perro por la playa hasta el mismo momento en el que la Policía termina de colocar el precinto que impide el acceso. Hemos venido a jugar.
