• Viernes, 21 de Septiembre de 2018

Gervasio Sánchez fotografía la vida

La sala de arte de Afundación ofrece la exposición “Vida”,

La sala de arte de Afundación ofrece la exposición “Vida”, que recoge 68 fotografías de Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959), fotógrafo de guerra de “El Heraldo de Aragón”, que lleva 35 años retratando las barbaries que suceden en el mundo, siempre desde del lado de las víctimas. Son las que ahora podemos contemplar, aunque en lugar de mostrarlas con la óptica del victimismo, lo que hace es recoger sus lecciones de vida, su afán por sobrevivir aún en las condiciones más adversas.
Se puede, pues, afirmar que este es el fotógrafo que persigue la vida a través de la destrucción y la muerte, dando al mismo tiempo testimonio del lado más terrible de la condición humana, esa que ya el dramaturgo griego Sófocles definió como “lo más pavoroso”. Sus fotos documentan con dureza esa parte oscura y hay instantes en que se hace casi imposible contemplarlas sin sentir el irrefrenable deseo de huir de estos testimonios que dejan tan malparada a nuestra humanidad.
Aquí no hay guerras heroicas, ni héroes invictos, no hay Ulises odiseicos, ni Héctores defendiendo Troya. Sólo hay ojos de niños que miran estupefactos el espectáculo de la destrucción; hay filas de personas con piernas postizas; hay madres mutiladas que, aún estándolo, deben cuidar de sus hijos; hay viandantes desconcertados que caminan por ciudades derruidas; hay colas de emigrantes agolpándose en las fronteras para huir de la miseria, de las catástrofes o del horror...
Pero también hay niños que juegan entre ruinas de coches y casas destrozadas, niños que sonríen sobre abandonados vehículos de guerra, personas que continúan con sus rutinas diarias, y hasta hay quien habiendo perdido sus extremidades inferiores todavía encuentra ánimo para elevar sus brazos en oración... Es decir, están los héroes del día a día, los de las heroicidades silenciosas, los que soportan calladamente el pathos creado por los patéticos señores de la destrucción, reafirmándose en su voluntad de vivir.
El suyo es un relato que nos atañe e interpela, aunque haya sucedido en Kosovo, Bosnia, Sarajevo, Nicaragua, Sierra Leona, Camboya, Albania, Angola, Panamá, Liberia, Camboya, Croacia, Mozambique, Bagdad, Angkor, Kurdistán, Siria o Kabul; todos estamos embarcados en esta tremenda y ecuménica epopeya que la cámara de G. Sánchez (ahora sí que podemos afirmar que impresionantemente valiente y heroica) ha registrado in situ y desde la primera línea de las guerras. Alejado de la pretensión esteticista, su fotografía se escribe con la poética de la denuncia, la única moralmente válida cuando la dureza de los hechos golpea brutalmente los ojos y la conciencia.
Él nos escamotea a los muertos, cierto, pero sabemos que están ahí. Así que nos vienen a la memoria los versos de “Hijos de la ira” de Dámaso Alonso, escritos tras la guerra civil: “Madrid es una ciudad de más de un millón de muertos/ según las últimas estadísticas...” Cambiemos Madrid por mundo y veremos que la “historia universal de la infamia” –que dijo Borges– se repite.