• Jueves, 20 de Septiembre de 2018

Acisclo Manzano y J. González Collado, en Xerión

dos importantes figuras de la plástica gallega, el escultor orensano

dos importantes figuras de la plástica gallega, el escultor orensano Acisclo Manzano y el pintor José González Collado (Ferrol, 1926) coinciden en la muestra actual de la galería Xerión, ofreciendo dos estéticas y lenguajes dispares, aunque con un nexo común: la galleguidad. Esta se manifiesta, en el caso de Acisclo, en el expresivo modelado de sus terracotas en las que conjuga las formas orgánicas con las que recuerdan las piedras erosionadas, fundiendo así en un todo nuestro particular animismo, que se manifiesta en la veneración a la madre tierra y en los antiguos cultos litolátricos.
De este modo, sus piezas tanto pueden recordar esbozos de rostros humanos o fragmentos de cuerpos femeninos como traer evocaciones de rocas antropomorfas. En el caso de González Collado hay que destacar el refinado lirismo que se desprende de toda su obra y que se basa en la delicada y perfecta entonación del color, en el uso de transparencias y veladuras y en un cierto desdibujamiento leonardesco que pone un velo sutil entre sus motivos y la realidad.
Y aunque su temática tiene, con frecuencia, por protagonistas a paisajes y personajes de nuestro pueblo, en especial a la mujer, nada más lejos de él que el tópico enxebrismo, pues aunque podamos reconocer a músicos, campesinas, pescadores o vendedoras de feria, todo está idealizado y embellecido por esa leve atmósfera que parece levitar sobre sus lienzos y que transmite una hierática sensación de atemporalidad y de ensoñación.
Cuadros como “El pay pay”, “Mujeres con paloma”, “Chicas en el balcón”, “La espera”, “La carta” , “La concha de nácar” o las “Maternidades” acreditan de esa su mirada transmutatoria que se sirve de lo real no para copiarlo, sino para que los tipos devengan arquetipos y para hacer que irradie una intangible e inmaterial emoción.
Y eso es el arte, eso es la pintura: una modulación armónica del dibujo, de la luz y del color que, en el caso de Collado, no busca efectos ni sonoridades de grandilocuencia, sino que canta dulcemente, entrañablemente, con matices maravillosamente pautados de suaves tonalidades complementarias, en su justo peso.
De este modo, y en una contemporaneidad que dio origen a tanto y tan desgarrado expresionismo, él mantuvo incólume una cierta inocencia y pudo reflejar un mundo donde aún son posibles la belleza, el gozo íntimo y un amoroso humanismo.
De su maestría, se hacía eco, en un artículo de 1970, en “La Voz de Galicia”, el también pintor Tomás Barros, discípulo como él y Segura Torrella, de Bello Piñeiro: “Ha pasado el tiempo –decía– y todavía Collado nos sigue apabullando con su extraordinaria capacidad”.
Casi cincuenta años después de estas afirmaciones, y tras una fecunda y larga trayectoria que comenzó en 1942, cuando contaba sólo 16 años, la galería Xerión rinde homenaje póstumo al gran pintor ferrolano, recientemente fallecido, cuya obra de esencial y ferrolana galleguidad, y con más justicia todavía, nos sigue admirando.