miércoles 2/12/20

Por lo menos, no se calla

Hubo un tiempo en que se supuso que la democracia directa de la militancia, las primarias y los referéndum entre los parroquianos iban a ser la panacea de todos los males del sistema político. Recuerdo que hasta se pretendió que, por ley, los partidos, en su funcionamiento interno, hubieran de someterse obligatoriamente a ello. Rivera, me parece, era uno de los más empeñados.

Pues ya ven ahora lo sucedido con aquel “redescubrimiento” del mediterráneo, uno más de los exhibidos por nuestra efebocracia política. En Ciudadanos se convirtió en la madre del pucherazo, en Podemos sirvió, mayormente, para santificar el chaletazo de la pareja alfa y de rebote su doble y ministerial cartera y a Sánchez, el mayor beneficiario, para erigirse en caudillo con plenos y absolutos, y dejar a su partido reducido a hacerle la ola.

El plebiscito, a pesar de su apariencia, esconde en sus tripas el virus más dañino del absolutismo. La prueba es que no ha habido caudillo, tirano o dictador que no haya hecho uso y abuso de él. ¿Por qué?. Porque es su manera, espuria pero, eficaz de legitimarse y, sobre todo, de legitimar a partir de él toda la ristra de hechos, desafueros y tropelías que le vengan en gana. Y Sánchez ha encontrado ahí la herramienta perfecta para alcanzar sus objetivos y ambiciones y condenar a la parálisis, ostracismo y mudez a cualquier resistencia interna.

Lo está logrando con casi todos, con la ventaja además de que cuando se tiene el poder y la facultad de del reparto de “gorras”, aunque para ello el consejo de ministros pueda jugar un partido reglamentario de fútbol entre ellos, las voces del partido son mucho menos ásperas y muchos más complacientes, que ya lo decía Cervantes sobre donde empezaban los bienes y los males: en el estómago.

Los supuestos díscolos, aunque a las líneas rojas las haya raspado hasta no dejar ni rastro, se han convertido en el enanito mudito del cuento. Todos calladitos. Todos menos uno. Y hay que reconocérselo porque, en vista de lo que sucede a su alrededor y lo que los demás hacen, su valor tiene. Emiliano García Page, por lo menos, no se calla. Y me malicio que cada vez va a callarse menos. 

Porque lo dicho por el presidente de Castilla-La Mancha no es sino lo que siempre fue el cimiento de la acción y proclama socialista con respecto a España. “Con los derechos de los españoles y con el Código Penal no se puede mercadear” ha dicho el hombre y hay quien se ha llevado las manos a la cabeza, cuando lo inaudito es que se mercadee con ellos. Porque ya me contarán que otra cosa es hacer rebajas en el Código Penal para sacar de la cárcel a los separatistas o pretender que en un referéndum, se llame como quiera, que nos atañe a todos, pues se juega la soberanía del pueblo español sobre su propio territorio, España, solo puedan votar los catalanes. “No es una cuestión negociable, es una cuestión simple y llanamente de alto consenso social que además no pueden decidir aquellos, que aún hoy, siguen diciendo que si pueden, volverán a hacer lo mismo”, aseveraba y concluía Page.

Lo dijo y alrededor se hizo el silencio. En esta ocasión se ha quedado ayuno de apoyos. No hubo nadie entre las baronías acogotadas del poder socialista que se atreviera a manifestar sintonía con él. Muditos. En público al menos, que en privado a Page le duele la espalda de las palmaditas. Su paso de la semana pasada, medido, como todos los suyos, quería decir algo más de lo que dijo.

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