El inquilinato
Somos ciudadanos habitados que sufren un gravísimo problema de habitabilidad. Una profunda e injusta crisis que solo comenzará a tener visos de solución cuando seamos desahuciados y lanzados a la fría calle como seres deshabitados. Ese acto que se antoja distopía contiene la verdadera utopía.
Esa es la idea, zafarnos de esa pandilla de inquilinos que, con la disculpa de solucionar nuestros problemas de vivienda, se instalan en nuestra condición de ciudadanos robándole el espacio esencial para poder obrar en consecuencia, construyendo vivienda pública y privada que estabilice los mercados y sea, por fin, asequible a todos, permitiéndonos vivir en dignidad, sin ser explotados ni tener que explotar. Lo expreso en esa crudeza porque el gobierno trata de solucionar este acuciante problema por la vía de pasárselo a los propietarios y a los inquilinos, a los ciudadanos, como si ellos fuesen los únicos responsables de la carestía de los alquileres.
Cuando un gobierno deja la gestión de una necesidad básica, como es la vivienda, al albur de propietarios e inquilinos no está sino creando un grave problema social que no cabe ni en los manuales de los más perversos fondos buitre. No se puede forzar las bases de la convivencia intentando criminalizar a unos y animar a los otros a delinquir.
Pero como seres habitados aún no alcanzamos a comprender que el problema de la vivienda radica en la voraz indolencia de nuestros inquilinos.
