Balada de otoño
Se desliza ambarina la sombra de la más bella de las melancolías que engalanan las estaciones. Lo hace con mansas hechuras de seda, en el alma de las hojas que lo esperan para ir tiñéndolas con el elemental cuidado de una dulce daga de resina y fuego.
Cuando la brisa aviva la llama de la vida y el sereno verde del horizonte se tiñe de rojo en la sangre, es cuando el otoño se apodera de nosotros y toma posesión de nuestras almas. Después, en el aire, un gemido, y en el viento, la suerte que les regala alas para que recorran cielos y suelos, dónde vagar libres por rumbos, caminos, veredas y rincones, con la serena placidez que lo hacen aquellos que no van ni vienen, que solo caminan fatigando las ignotas veredas que imaginan para ellas vientos, cauces y mares.
Dicen, y dicen bien, que el otoño es una caricia en el ámbar del alma. Una caricia y un sueño de seres desnudos y desnudos atuendos que van vistiendo de desnudez los parques y atardeceres sin otro afán que el de recordarnos que lo leve es bello porque es efímero.
El otoño no es una contienda, pero como si lo fuese yacen por el suelo, definitivamente desterradas del verdor de su belleza, miles de hojas. Mariposas marrones palidecidas de levedad que vuelan al capricho del viento, llenando de soledad la dulce melancolía de los jardines, los desnudos espíritus de los poetas.
En el candor de ese misterio os digo que, hoy que no es ayer, he visto arder una hoja al caer.
