PISA también se juega en casa
Durante años, cuando le preguntaba a mi hija qué tal en el colegio, ella respondía: “No me acuerdo”. Al principio, yo pensaba que era esa amnesia selectiva de la infancia que permite olvidar los deberes y recordar con precisión la galleta del compañero de pupitre. Después comprendí que quizá no estaba planteando la pregunta de la manera correcta.
Probé con “¿qué habéis hecho?”, “¿qué tal las clases?”, “¿ha pasado algo?”, “¿has aprendido algo nuevo?”. Nada. Así que empecé a buscar preguntas menos administrativas: “¿Qué ha sido lo mejor?”, “¿qué te ha hecho reír?”, “¿hubo algo injusto?”…
Hoy responde. Hace tiempo que lo hace. Pero es el resultado de años de exprimirme la cabeza para encontrar una fórmula fructífera con la que acercarme a su día a día. Porque a preguntar también se aprende. Y cuesta.
Lo de PISA ha sido un descalabro. España cae, sobre todo, en lectura y matemáticas. Pero hay un dato que quizá está pasando inadvertido entre tanto titular y tanto análisis: los alumnos que dicen que sus padres les preguntan semanalmente qué han hecho en el colegio han pasado del 77 al 69%. Los progenitores que se interesan por los problemas escolares de su prole también han bajado diez puntos.
No quiero convertir esas cifras en una acusación contra los padres. No sería justo. La debacle de PISA tiene muchas causas: la atención se ha vuelto más frágil, las pantallas han convertido cada silencio en distracción y la lectura ha quedado relegada a costumbre antigua. Las aulas son más complejas, la responsabilidad se diluye y la pandemia ha dejado cicatriz. Sería absurdo buscar una única explicación.
Pero, mientras enumeramos las cosas que han fallado, quizá sería conveniente mirar hacia la mesa del comedor. En ella he pasado muchas tardes con mi hija inventando reglas nemotécnicas, absurdas y eficaces, para recordar los ríos de Europa y las cordilleras de España. Nos hemos reído y, la verdad, también nos hemos desesperado mientras inclinábamos la cabeza sobre el enunciado de un problema de matemáticas, mirándolo como si hubiéramos encontrado una inscripción en una lengua muerta.
Hace años que mi hija estudia de forma autónoma. No necesita mi ayuda. Pero creo que sí debe seguir teniendo mi interés.
No se trata de convertirse en profesor particular, ni de vigilar cada paso, ni de acudir a las reuniones del cole y gestionar con solvencia todas las cuestiones administrativas. Se trata de hacerle sitio a las cosas que nos ocupan el día a día. De compartirlas. De estar disponible siempre: cuando hace falta ayuda y cuando parece que no. Porque nadie desprecia la compañía.
La OCDE señala que el apoyo cotidiano en casa se relaciona con mejores resultados escolares. Y hay una diferencia entre preguntar por las notas y acompañar a un escolar, entre esperar resultados y enseñar a obtenerlos.
Todo esto da trabajo: preguntar, escuchar y aprender lo que no se domina para poder acompañar al otro. Un trabajo menos vistoso que comprar una tablet y más difícil que exigir concentración o responsabilidad en un mundo diseñado para destruir ambas.
En España, el 54% del alumnado utiliza ya la IA al menos una vez por semana para que le ayude a aprender. Tal vez las máquinas estén entrando allí donde los adultos dejamos huecos. La máquina siempre está disponible y jamás dice “Ahora no” o “Estoy cansada”.
PISA cuenta lo que saben nuestros hijos. Quizá nadie esté contando lo que hemos dejado de saber nosotros: qué les preocupa, qué les entusiasma y qué les ha ocurrido mientras estaban fuera de casa.
Por eso, yo sigo preguntándole a diario a mi hija qué tal en el colegio.
Quiero que aprenda a resolver sola sus cosas y sus problemas.
Y que nunca piense que contármelo es darme uno más.
