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Si lo piensas bien, las fronteras son una cosa bastante rara. 

En Laponia hay un lugar (se llama el Mojón de las Tres Naciones) en el que, si rodeas una piedra, pasas por Finlandia, Suecia y Noruega en un minuto.

Nos encantan esos sitios.

En Estambul basta un ferry para comer en Asia y tomar el café en Europa. Una anécdota perfecta para una story en Instagram.

En esos casos, durante unos segundos las fronteras son un juego. Una raya bajo los zapatos.

También hay fronteras que son umbrales: se cruzan y todo cambia (la lengua, la moneda y hasta la forma de llamarle al pan). Otras parecen cicatrices: marcas que las heridas del mundo han ido dejando en los mapas. Hasta hay algunas fronteras que solo existen en nuestra cabeza y que, sin duda, son las más difíciles de derribar.

Sea cual sea el tipo de frontera, todas dicen lo mismo: hasta aquí.

Y, sin embargo, casi ninguna se ve.

No hay una línea roja atravesando los campos, ni una cremallera que abra y cierre las montañas. No nos hace falta para que las entendamos perfectamente.

No es raro. Nos pasamos la vida aprendiendo dónde termina lo nuestro: mi casa, mi finca, mi pueblo, mi país.

A partir de eso definimos quién pertenece a lo nuestro y quién no.

Para el que está al otro lado, suelo utilizar el término vecino. Me gusta. Es una palabra pequeña y acogedora.

El vecino vive cerca. Le prestamos sal. Le recogemos un paquete si no está.

El extranjero, en cambio, viene de muchísimo más lejos, aunque viva a cincuenta metros.

Serán cosas de los mapas.

Hay lugares donde esta rareza de las fronteras se entiende especialmente bien. Ciudades levantadas en cruces de caminos, pueblos que han visto pasar comerciantes, soldados, viajeros, contrabandistas, refugiados y personas que simplemente querían ir de un sitio a otro. Lugares acostumbrados a mirar enfrente para comprobar que allí también hay alguien mirando.

Porque dos personas pueden mirarse desde lados distintos de una raya que ninguna dibujó sin que haya problemas. Por lo menos, hasta que una intente cruzarla.

Entonces suelen desaparecer las palabras pequeñas y llegan las grandes: inmigración, seguridad, soberanía, flujos migratorios, presión fronteriza…

Dentro caben miles de personas sin que se les vea la cara. Porque un flujo no tiene hambre, la presión migratoria no tiene doce años, una avalancha no llora. Ninguna estadística llama a su madre para decirle que ha llegado viva.

Sin duda, prefiero las palabras pequeñas: hombre, mujer, niño...

También miedo.

Porque el miedo existe a ambos lados de una frontera.

Tiene miedo quien intenta cruzarla, pero también quien ve llegar de repente a miles de personas a un lugar sin capacidad para recibirlas.

Reconocer uno de esos miedos no obliga a negar el otro.

La humanidad no consiste en fingir que los problemas no existen. Ni en esperar a que se resuelvan solos. Consiste en no dejar de ver personas cuando aparecen.

No se trata de elegir entre buenistas y xenófobos, entre abrir todas las puertas y cerrar todos los corazones.

Hay que controlar las fronteras y ordenar las llegadas. Hay que perseguir a quien delinque, proteger a quien deba ser protegido y recordar que un niño sigue siendo un niño, aunque haya nacido al otro lado de una raya.

Habrá, sobre todo, que compartir el peso de esa división tan extraña con la que hemos organizado el mundo. De esas fronteras que parece que solo nos gustan cuando tenemos claro que podremos volver después de cruzarlas.

Las fronteras se parecen mucho a una puerta.

Se abren y se cierran. Dejan salir y dejan entrar.

Por eso, cuando miles de personas llaman de repente a una, no es suficiente con discutir quién tiene derecho a atravesarla.

También hay que preguntarse quién va a ayudar a quienes tienen que abrirla.

Que, en este caso, son ceutíes.