Mi cuenta

Las notificaciones están bloqueadas. ¿Cómo desbloquear?
El Ideal Gallego Fundado en 1917

Mi cuenta

Las notificaciones están bloqueadas. ¿Cómo desbloquear?

Guardo en una carpeta noticias tan extrañas y sorprendentes que no serían creíbles como verdaderas si no aparecieran publicadas en periódicos serios. Bueno, pues hace unos días incorporé a ese peculiar archivo la historia de Franco Malosso, un ciudadano de la siempre fascinante Italia que construyó un teatro romano falso y llegó a vender entradas para visitarlo. 

Malosso levantó esa imitación de un edificio clásico en el municipio de Arcugnano (7.800 hab.), provincia de Vicenza, lo presentó como un descubrimiento arqueológico de la antigua Roma, con vestigios de Grecia, y cobraba hasta 40 euros por visitarlo. El engaño funcionó un tiempo, hasta que el teatro apareció promocionado en una guía oficial, alguien investigó y se descubrió la falsedad. Aquel vestigio del pasado era, en realidad, una creación reciente con modernos bloques de piedra envejecida y el autor del engaño arqueológico más insólito y sonado de Italia fue condenado a prisión. 

No se puede justificar el fraude ni convertir a su autor en un héroe. Pero hay que reconocer la imaginación y el ingenio de Franco Malosso, cualidades que los pícaros de todas las épocas han demostrado que alcanzan cotas extraordinarias, como en este caso.

El episodio recuerda al pequeño Nicolás, aquel joven que hace una docena de años logró codearse con políticos, empresarios y personajes de la vida social española haciéndoles creer que tenía contactos y poder donde solo había desparpajo y fantasía. Su talento para construir un personaje resultaba admirable, pero lo verdaderamente sorprendente no era que Nicolás engañara con su labia, sino que tanta gente estuviera dispuesta a creerle. 

El caso Malosso se mueve en otra dimensión porque un anfiteatro no se edifica con palabras. Para construir una obra de semejantes proporciones hacen falta terreno, materiales, maquinaria, trabajadores y muchos meses de actividad. ¿Nadie de la corporación municipal de Arcugnano vio aquel despliegue? ¿A nadie se le ocurrió comprobar la licencia de la obra que se estaba levantando?. ¿O alguien lo vio y optó por mirar hacia otro lado? 

Las preguntas son pertinentes porque el talento del pícaro-impostor no basta por sí solo, necesita de la permisividad (“ti vai facendo”), de la incompetencia o colaboración de la autoridad competente. Si los responsables públicos hacen la vista gorda, el asunto pasa de anécdota y adquiere la categoría de corrupción. 

Por eso, antes de condenar a Malosso hay que preguntar qué hicieron las autoridades mientras el falso teatro iba creciendo. Cuesta creer que nadie supiera nada y si lo sabían y no actuaron, la “omertá” es más condenable que el engaño del pícaro. Lo cierto es que Malosso engrosa la lista de los “genios” que Italia dio al mundo. En su caso levantando una mentira y burlando a las administraciones. ¡Cosas veredes!.