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El paso desde la “antigüedad” a la modernidad es siempre duro si tienes unos años cumpliditos. Como el paso del mítico antiguo régimen al nuevo régimen, o el paso de la dieta Keto al Ozempic. Cuando vivías en un país del antiguo régimen si otro país te invadía pues no había demasiado problema a la hora de detener la invasión a base de tararaatatatata, bum, bum, detenciones, cárcel, señoras guapísimas que conocían todos los secretos del invasor y del invadido (cosas de enterarte de los entresijos de las alcobas y demás perversiones de los poderosos), señores guapísimos que se recolocaban los gemelos y la corbata con mirada intensa, mucha propaganda de color sepia y al final, disparos al globo que intentaba cruzar el muro. Como buena columnista recomendadora, si quieren disfrutar de una serie de televisión que borde ese momento les recomiendo “The Americans”. Espionaje de primer nivel, amigo lector. Unos espías rusos guapísimos que viven el sueño americano y acaban, los actores, casándose de tanto paso de la antigüedad a la modernidad y de tanto amor de tanto usarlo. 

Escribo sobre el amor y el espionaje por lo que pasa en el mundo. Veo el horror del Tsunami del Nepal y pienso en China. Los chinos copian, dicen conocidos míos. Y también veo a robots chinos haciendo los 3.000 obstáculos con mayor o menor éxito y siento un estremecimiento innecesario, un escalofrío al imaginarme a los engendros mecánicos apoderándose de toda civilización conocida. ¿Y si ha sido la inteligencia china la que ha bombardeado el glaciar como en una película americana de los noventa? Todo suposiciones, cada cual más interesante. 

Amigo lector, yo ya dije en el momento del eclipse que “hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que han sido soñadas en tu filosofía”. Cuando nuestro presidente el guapísimo Pedro Sánchez sacó al Caudillo ferrolano no tan guapo de su descanso eterno en el antiguo Valle de los Caídos, ahora Valle de Cuelgamoros o de Cuelgamuros o de Cuelgameros se conjuraron las fuerzas ancestrales del mal y así estamos, invadidos y con estos pelos.

España reducida a sus políticos de vacaciones eternas, a los morenos invadiendo y viviendo del cuento (¿se puede seguir diciendo “moros” a los moros en la costa que son moros como Otelo o vamos a pasar 15 meses de cárcel por escribir “moros” como Shakespeare escribió sobre su celoso Otelo?) y a Fernando Simón de paseo por Ceuta para detectar si hay algún perrete o gatete con ébola, sarna, sarampión, la covis o varicela para sacrificar sin problema alguno, que en el mundo woke no puedes dejar a tu perro fuera del supermercado un rato mientras pillas el melón de oferta pero si protestas porque lo han asado en la playa eres un ultrafascista y bla bla bla. 

Y mientras el mundo gira y gira y en Ceuta si te quejas porque han ocupado una playa o porque si eres una mujer no puedes salir a la calle tranquilamente a partir de las ocho eres poco menos que Eva Braun, en La Coru, neno, tenemos nuevo mamotreto. No hay década en La Coruña sin su mamotreto. Desde la Arielita hasta la intermodal que parece una granja de cochos, ni un rato sin derribar edificios modernistas para poner basura pseudoarquitectónica. Con lo bonita que te era la estación de tren. Yo creo que contratan a arquitectos de Santiago, porque no tiene otra explicación. Y si la tiene, prefiero no pensar. Lo mejor que podemos hacer al final del verano, no pensar.