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El nadir y el cenit son una sucesión de infinitos que delimitan universos de dispar naturaleza de tal modo que toda medida ha de ser explorada sin perder de vista esa vertical para no romper su armonía. 

El universo, por tanto, ha de ser de cuerdas, porque solo un sistema tan perfecto es capaz de albergar esperanza en una caprichosa y compleja naturaleza, en la que cada elemento necesita de los demás, pero sin consentir mezclarse, ni delegar al extremo, ni ofrecerse por entero en esa responsable delimitación que nos protege. No habitamos por esa razón líneas de soledad, sino que somos una sucesión de soledades que lejos de ofendernos nos hacen singulares y en ese atributo, posibles. Cada cuerda está en la esencial urdimbre del conjunto, pero delimitada y ocupando su lugar con el rigor que esa perfección exige. 

La constante de tejer no es, en el hombre, caprichosa, sino subliminal necesidad de sostener esa elemental urdimbre. Cuando tejemos estamos hermanándonos con esa voluntad universal que nos sostiene. Penélope no tejía y destejía por capricho o para burlar a los pretendientes, sino para mantener pura y plena su vertical, esa que daba sentido a su universo y que, a la postre, preservó su hogar y amor por ese Odiseo que osó enmarañar los hilos del destino y no halló paz hasta que alcanzó las costas, no de una isla, sino la trama de un tejido capaz de devolverle esa esencial orientación en el acto de su existencia.