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Influencers en La Vuelta

Parece que la gente joven no ve mucho la Vuelta a España. Así que la organización del evento se ha estrujado la sesera a ver cómo podía rejuvenecer.

Es algo que les ocurre a las televisiones, las radios y, por lo visto, a las carreras ciclistas. Descubren que su público tiene canas y salen a por jóvenes con el entusiasmo de un señor de sesenta años entrando en TikTok.

La Vuelta encontró a Erola Jons. La contrataron para acercar el ciclismo a las nuevas generaciones y ella, obediente,

se acercó. Sobre todo a los ciclistas.

Erola ha flirteado con ellos y ha hecho entrevistas más propias de La Isla de las Tentaciones que de la zona de meta. Su gran aportación ha sido señalar lo ajustado de las mallas mientras se abanicaba el calentón.

Hasta que los equipos protestaron y La Vuelta ha tenido que explicar que Erola no es periodista. No fuésemos a pensar que para entrevistar a deportistas convenía saber algo de deporte.

Erola tiene seis millones de seguidores, que hoy constituyen una cualificación profesional bastante solvente.

Uno imagina a seis millones de personas siguiéndola como los niños al flautista de Hamelín. Si entra en La Vuelta, entran todos. Si mañana copresenta Saber y Ganar, quizá hasta Jordi Hurtado rejuvenezca. Aunque esto último sea bastante difícil.

Los medios llevan tiempo aplicando esta teoría. Como los jóvenes consumen TikTok, YouTube o Instagram, incorporamos influencers a los programas y asunto resuelto. Da igual que su único mérito sea haber farmeado aura bailando con la camiseta de su equipo de fútbol favorito atada por encima del ombligo.

Es una solución mucho más sencilla que preguntarse por qué los jóvenes no quieren ver aquello que estamos haciendo y plantearse si lo que buscan es una televisión más rápida, menos ceremoniosa, más visual, más directa y que les cuente cosas que les interesan de una manera que entiendan.

Para acercar el ciclismo a una chica de veinte años puedes buscar a una periodista joven que explique en un minuto por qué Pogačar es extraordinario o a una ciclista que cuente qué ocurre dentro del pelotón. El problema es que mil seguidores lucen peor que seis millones en un PowerPoint.

Encima, todo esto sucede en La Vuelta. Esa competición que durante muchos años estuvo protagonizada por deportistas prestigiosos que subían puertos y mujeres guapas que sonreían. La misma Vuelta que agasajaba al ganador con un pack que incluía maillot, flores y beso.

Nos ha costado mucho entender que quizá una mujer podía estar en una carrera ciclista sin constituir parte del atrezo, sino como periodista, deportista, médica, técnica, directora…

La liberación consistía precisamente en dejar de ser paisaje.

Y aquí es donde la historia, que tiene un sentido del humor bastante desagradable, da la vuelta completa. Cuando conseguimos que la mujer deje de ser el objeto sexual alrededor del deportista, ponemos a una mujer frente al deportista para que el objeto sexual sea él.

Nos hemos pasado el juego.

Una mujer tiene derecho a ligar, a desear y a hablar de sexo. Faltaría más. Pero sería una triste victoria que nuestra liberación consistiese en adquirir también los defectos masculinos contra los que llevábamos medio siglo protestando.

Lo más divertido es que todo esto sucede cuando empieza a hablarse del declive de los influencers.

Internet quiso parecer auténtico porque la televisión parecía artificial. Ahora la televisión contrata a internet para parecer auténtica justo cuando internet empieza a parecernos artificial.

Podríamos probar algo revolucionario: antes de entregar un micrófono plantearnos una pregunta viejísima, de esas que ya no cotizan bien en redes:

-¿Qué sabe hacer?

Y si preocupa que no tenga demasiado tirón, recordar que Julio Camba tampoco tenía seguidores.