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Yo no sé si reflexionamos lo suficiente sobre la importancia de las vacaciones. Dejar de saber en qué día vives, silenciar las alarmas y olvidarse de correos urgentes y lavadoras pendientes. Llegar a un lugar nuevo donde nada recuerda a nada y, por unos días, tampoco nosotros nos recordamos demasiado a nosotros mismos. 

Bajan las pulsaciones. Se aligera la carga mental. El cerebro se reinicia.

Hasta que regresas.

Yo volví de vacaciones y me salió un sarpullido en el interior del codo. Mi primera sospechosa fue una planta de aloe vera con la que me rocé colocando unas macetas. Resultaría paradójico que una planta famosa por calmar la piel hubiese decidido irritarme la mía, pero hay criaturas que no soportan vivir encasilladas.

También pudo ser un gato. Los gatos son animales fronterizos: pueden convertirse en una bola tibia que ronronea sobre el sofá o mirarte como pequeños tigres que calculan cuánto tardarían en devorarte. Mi alergia a ellos, además, tiene algo de realismo mágico. No necesito tocarlos. Basta con que alguien que vive conmigo se acerque hoy a quien todavía no tiene gato, pero lo adoptará dentro de unos meses. Mi alergia no entiende de causalidad, pero ve el futuro.

Aunque, pensándolo bien, el sarpullido también puede deberse a que hojeé los periódicos atrasados para ponerme al día.

Quizá fue leer que Feijóo defiende que los trabajadores de baja deben notarlo en el sueldo y llama “cáncer” al absentismo sin distinguir entre quien finge estar enfermo y quien lo está. Fraude habrá, claro. Pero también existen las mutuas, el INSS, los médicos y los mecanismos de control. Si no funcionan, habrá que reforzarlos. Lo que no parece razonable es considerar sospechoso a todo el que enferma y aplicarle la condena antes de investigar el delito.

O quizá fue descubrir que algunos ultraconservadores estadounidenses defienden ahora el “voto por hogar”: una sola papeleta para toda la unidad familiar, depositada por el cabeza de familia, que mantiene intactos todos sus derechos mientras su mujer regresa al siglo XIX. Justo el paraíso que promocionan sin rubor algunas tradwifes que pululan por internet. Un Edén que hace que me hierva la sangre hasta que la indignación termina brotándome por la piel.

También pudo causarme urticaria ver cómo, mientras ardían Ávila y Madrid, el lema “solo el pueblo salva al pueblo” se abría paso entre las llamas. El pueblo ayuda al pueblo, naturalmente. Abre sus casas, rescata animales, reparte agua y se juega el pellejo con una manguera de jardín. Pero también lo salvan el bombero, la sanitaria, el agente forestal, la UME, el piloto del avión y los servicios públicos que sostenemos con nuestros impuestos. El Estado democrático no es lo contrario del pueblo. Es el instrumento que el pueblo paga para salvar y reconstruir los pueblos quemados.

O puede que la irritación tenga su origen en Ceuta y en todos los discursos que pasan por alto la catástrofe humanitaria. Porque puede haber una operación política de Marruecos, un grave problema de seguridad fronteriza y, al mismo tiempo, miles de seres humanos aterrados y decenas de muertos. Una verdad no borra la otra. Y una mirada limpia debería ser capaz de abarcar ambas.

Quizá también haya influido alguna trumpada. Son tantas que se acumulan en el organismo como los metales pesados que ingerimos con algunos pescados. Como la de llamar al presidente de la FIFA desde la Casa Blanca para protestar por una tarjeta roja. El botón nuclear no sé, pero el del VAR lo tiene perfectamente localizado.

El caso es que las vacaciones se han terminado. Ahora me pongo crema para el picor e intento adaptarme otra vez a las obligaciones, los horarios, los pequeños disgustos… Hay que aprender a convivir con todo eso, igual que lo hacemos con las traiciones, los malos recuerdos y hasta los traumas.

C’est la vie. Y, a veces, pica. Porque no hay que aprender a vivir con la injusticia. Uno puede bajar las pulsaciones sin perder el pulso.