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Galicia mira a Venezuela con el corazón encogido. Es la mirada agradecida hacia aquella tierra que abrió sus brazos a los gallegos que emigraron cuando aquí faltaba de todo. Allí miles de compatriotas encontraron trabajo, levantaron casas, abrieron negocios y construyeron sus proyectos de vida.

Por eso duele tanto la catástrofe que dejó poblaciones arrasadas, miles de muertos y desaparecidos y familias enteras que lo han perdido todo. Fue descorazonador ver a miles de personas removiendo con sus propias manos los escombros con la esperanza de encontrar a los suyos. Impresionaban los gritos pidiendo ayuda y el llanto impotente de quienes permanecían frente a las ruinas bajo las que estaban sepultados sus seres queridos.

Esta catástrofe sísmica se superpone a otra calamidad anterior, también devastadora. Venezuela lleva años soportando el régimen chavista que vació las instituciones, manipuló elecciones, arruinó la economía, encarceló opositores y sofocó toda protesta. Llevó a un país de una riqueza inmensa y con una de las mayores reservas de petróleo del mundo a la escasez y a la pobreza. La persecución política, que obligó a más de ocho millones de venezolanos a abandonar su patria continúa con la nueva versión del chavismo, ahora protectorado de EE.UU.

Ese prolongado deterioro institucional, económico y social explica también la magnitud de la tragedia actual y el hecho de que en esta desgracia ese régimen colapsado se mostró impotente para rescatar a las víctimas y atender a los supervivientes y, por el contra, fue más diligente en la represión que en la ayuda.

Por eso, las imágenes de la gente abandonada y obligada a mal vivir sin casa, sin recursos, y en miles de casos, sin sus familiares, son desgarradoras en un país que tenía recursos para construir un gran futuro. Sus ciudadanos contemplan ahora cómo, bajo los escombros, no solo yacen familiares y amigos, sino también buena parte de sus esperanzas por la incompetencia y represión que siguen ejerciendo sus gobernantes que les tienen sin oportunidades y sin medios para construir su propio futuro.

La solidaridad internacional está llegando y debería servir para reconstruir hogares, hospitales, escuelas e infraestructuras. Pero existe el riesgo de que el régimen utilice las ayudas para reforzar su control político y la represión mientras persisten la escasez y la emigración forzada.

En Galicia, la tragedia de Venezuela aviva el recuerdo de la acogida a miles de compatriotas que encontraron allí una vida mejor. Por eso hoy, cuando tantos venezolanos han quedado sin nada y otros han tenido que emigrar “expulsados” por un régimen atroz, Galicia quiere responder ayudando a los que están allí y acogiendo a los que llegan aquí. Es una deuda de gratitud y de justicia. Porque hay pueblos que no olvidan y Galicia sabe que amor con amor se paga.