El mundo en fuga
El mundo es hoy una burda alfarería que cruje enloquecida por la urgencia de un ser sin ser que lo empuja hacia ningún lado, porque eso es lo que hacemos, viajar a ningún lado, con merma deterioro y despojo en esa indolente deriva. Quiero decir que la esencia y conciencia de la humanidad viaja a lomos de mulas desmandadas que corren sin sentido por los vericuetos del mundo, con la sana intención de dotarlo de un sentido que nos permita moldear un sinsentido de carácter universal, capaz de conformar la saña de los que fracasan y también de los que triunfan. Porque nadie está conforme; todos aspiramos a más y a todos nos cabe alcanzar más, aun sabiendo que cada vez hay menos que repartir y depredar.
La sensación de esa alocada huida es constante y va tomando cuerpo en el seno de las sociedades más «civilizadas», también las más «salvajes», a través de una propuesta belicista que duplica el gasto militar con la idea de defenderse del síndrome de la vajilla errante, esa que viaja desnortada por las trochas del mundo como lo hace una conciencia hipócrita en el corazón del hombre.
Cada día son menos los que mueren en el intento de revivir la utopía porque hoy esa ensoñación social se ha teñido de caqui y se ha armado hasta los dientes.
Pobre vajilla a lomos de mulas que huyen despavoridas por apartados caminos, intentando alcanzar todas las mesas y saciar en ellas a esa hambre y a ese hombre que somos todos los comensales.
