Economicismo y literatura
El mundo literario languidece extraviado en la intransitable fronda de su insoportable ego. No consiente que el lector lo rehuya y mire con desdén para abrazar la propensión «todista» y, en esa militancia, creerse un todo literario dentro de la nada que hoy contiene este mundo, y que contradice el sano espíritu nihilista que propugnaba para él la nada como suelo y cielo de toda esa nadería existencial e intelectual que lo enjaeza.
En la festiva deriva de este proceder creativo, se abroga en ellos toda esperanza de construir un mito capaz de sublimar a una selecta minoría que a su vez lo catapulte a las cumbres del éxito y desde allí a la rentabilidad económica. Y lo intentan con obras sin obra y mucho autor, añorando, sin éxito, el milagro. Y de ese fracaso culpan al lector, por aspirar a ser creador y apartarse así de esa inopia nihilista que antaño lo dimensionaba, ávido siempre del desconocimiento, motor de todo conocimiento. Porque abrazar la nada en creación significa eso mismo, aspirar a todo por la certera vía de negarlo todo, nombrándolo nada para no dejar de ir escalando ese imposible que lo contempla.
No es perverso el lector-autor, ni es él quien se ha apartado del intelecto, sino la banalización de la creación con fines economicistas, intentando atarlo a una literatura de entretenimiento, desatendida de los tortuosos senderos que jalonan los mundos del pensamiento y cuajan de intrascendencia el acto creativo.
