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Decimos: «Los designios del Señor son inescrutables», pero en estos días, los que se tornan de esa naturaleza son los de los cofrades, en todas sus categorías taxonómicas. Son ellos los que lo sacan junto a su grey de iglesias, ermitas, catedrales, casas parroquiales y toda esfera de soledad en la que han estado guardados durante el resto del año. 

Lo sacan, digo, y a él y a su tropa les gustaría salir solos y de diario para poder recorrer las calles y caminos de la tierra, ajenos a su santidad y hermanados con aquellos que la laboran y adornan con sus frutos y flores. Pasear anónimos por la vida con la vida por bandera. Ser uno más en lo infinito de lo menos. Sentarse en un banco. Subirse a un árbol. Escalar una montaña. Vadear un río. Orillar la santidad para ejercer de diablos. Perder la castidad con voluptuosos seres de infinita sensualidad. Ser niños. No ser. No tener nada para desearlo todo. Despojarse de la rutina de los días de santidad. De las oraciones. De los oficios eclesiásticos. De los perdones.

De las oraciones. De los ruegos. De los dogmas de fe y de la fe. Escapar, en definitiva, de la Semana Santa para santificarse en la libertad de aquello que nos santifica: la vida. Pero aparecen

los cofrades, costaleros y penitentes ataviados con sus sayales, capas, cíngulos y capirotes y los encaraman en suntuosos tronos y visten de oropeles, joyas y velones y los sacan de paseo como a párvulos tutelares.