El Café Gijón pepperoni
Han reabierto el Café Gijón. Bueno, ni es Café ni es en Gijón, así que vamos a verlo como el Snack Bar Zúrich, el Roma I y II o el Café Bar Bristol. Esos bares de lugares. Unos amigos proponían una tarde hacer un recorrido por todos los baretos con nombre de sitio, que los hay y muchos. Algo así como personajes de Jardiel Poncela, peregrinando por cafeterías de antiguos “remigrados” que le pusieron al local el nombre de la ciudad en la que amasaron poquito a poquito sus dineros para volver a la tierra madre.
El Café Gijón ha vuelto, como Los Vengadores, pero ahora es algo así como una franquicia cuya carta contiene pizzas de pepperoni a 25 euros. En cualquier garito de Roma se llevarían las manos a la cabeza pero igual es que es un pepperoni especialito, con algún tipo de droga escondida. También leo “curry vegano de tofu” a 34 euros. No me quiero imaginar a Camilo José Cela probando un curry de tofu, podría ser un momento para la historia. Por lo menos tendría dinero para pagarlo, eso sí. Y ojo, amigo lector: 35 euros un fish and chip, que lo compras en un mercado en el norte de Inglaterra por cinco pounds y con bacalao fresco recién pescado.
Hablando del norte, a la gente se le ha ido completamente. Milanesa con ensalada César, ese horror de ensalada que ni es ensalada ni es César, también unos 35 euros, más que un cachopo con ensalada, patatas y sidrina en el centro de Avilés. Digo yo que si ponen esos precios desorbitados es porque hay gente que los va a pagar, y bien que me alegro por los dueños y por los dispuestos a soltar la guita por un filete empanado de pechuga de pollo. Todos hemos cometido locuras en la vida. Pero por amor, o por el arte, o por un arrebato en algún estado de ebriedad inexcusable. Pero ir al Café Gijón a tomarte un plato infantil y que encima te pidan propina como en un restaurante norteamericano, ahí sí que no. Por ahí no paso. Aunque me tocara el Euromillón. No concibo nada más hortera que transformar un lugar emblemático en un restaurante con comida rápida. Pero como leí por las redes, se podría decir que el nuevo Café Gijón es un buen resumen de la literatura contemporánea.
Ahora los escritores no se reúnen ya en el Café Gijón, que con los royalties no da ni para pedir una Pizza Margarita. Imagino que se siguen reuniendo en festivales en los que siempre se dice lo mismo, con las mismas mesas, los mismos títulos, las mismas ideas, las mismas intensidades oceánicas y las mismas consignas. Hace algún tiempo en España se podía ir de festival noir en festival noir sin pisar el suelo, como la famosa ardilla y los árboles de la historia. No sé ahora. Estoy muy desconectada. No sé si aún hay mesas para la literatura femenina, si los escritores de romántica se cuelan en los festivales noir, si aún hay premios en los que te regalan un jamón o un cenicero, o en los que te llevan de excursión a Portugal como las monjitas redentoristas y acabas con un tarro de miel excelente y la figurita de gallo que te dice si va a cambiar el tiempo.
Creo que ya va siendo hora de volver, siento nostalgia. Llevo mucho tiempo retirada, como cuando Hannibal Lecter se escondió en Florencia y no daba nada la lata. Ahora que se nos va Uclés a Venecia (¿o era a Praga?), la fulgurante estrella literaria del acordeón y la boina, el mundillo literario se va a quedar muy huérfano de salseo. No es que yo sea capaz de dar mucho salseo, que soy una funcionaria aburrida y con ciática, pero…¿quién sabe? El mundo artístico está lleno de reinvenciones. Miren el Café Gijón: de Valle-Inclán a la Pizza Margarita. Siempre nos quedará la esperanza.
