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El negacionismo es un elemento de distorsión en el seno de nuestras sociedades y en esa medida se le debe combatir, especialmente cuando sus postulados chocan con derechos y libertades ajenas. Es cierto que, en algunos casos, median en esa cerrada oposición intereses espurios, de carácter ideológico o partidista, con el fin de ocultar cuestiones de más calado.

Aun así, entiendo que la resistencia a esos posicionamientos visiblemente perniciosos para nosotros y nuestros conciudadanos debe ser firme.

Y siendo así en cuestiones de esa índole, privadas, cuando no minoritarias; qué decir cuando un puñado de facinerosos, políticos o mafiosos, maniobren para someter a pueblos y hombres a sus intereses causando en esa perversión un daño irreparable y, además, visible y constatable mediante la mera contemplación de lo terrible de sus hechos y sus horribles consecuencias.

Sin embargo, amplios sectores de la sociedad, entre ellos celebrados perseguidores de negacionistas, niegan la terrible evidencia, se ponen de perfil y se enzarzan en un rosario de humillantes justificaciones que los equiparan a aquellos a los que con tanta saña critican.

Afirmar que la tierra es plana es una simpleza sin repercusión, pero defender las dictaduras de Cuba, Irán, Afganistán…, o, simplemente, la corrupción, es y supone una perversidad. Si además se tiene la osadía de argumentar defendiéndolas, se convierte en una vileza propia de miserables.