Miserables en política
Que la clase política en general está trufada de mediocridad ya lo he dicho aquí muchas veces. Que conozco honrosas excepciones también lo he subrayado más de una vez, pero añadiré que en demasiadas ocasiones los más talentosos no tienen el reconocimiento debido e incluso tienen limitada su proyección pública si no forman parte del grupo de palmeros que aplauden al líder por errática que sea su política. Sin embargo, nunca mencioné a miserables que actúan en la “cosa pública” con prepotencia y deshonor y también los hay.
El tal Óscar López, ministro de Sánchez y próximo trofeo en la vitrina de Díaz Ayuso, ha rebasado los límites de lo imaginable en las prácticas de las malas artes políticas y no lo hizo para ensañarse con un adversario político, que ya sería despreciable, no, ha elegido a un compañero suyo de partido para sacar sus vísceras cargadas de odio y atacar al fallecido presidente Lambán. Claro que es fácil imaginarse lo que podría llegar a hacer o decir sobre cualquier adversario cuando a su propio compañero lo trata así. Lambán creería que podría descansar en paz porque nunca imaginó tener un “compañero” tan miserable. Este personaje que ya en su día quiso apartar al propio Pedro Sánchez de la carrera a la secretaría general manejando unos informes de cloaca que pondrían al descubierto los negocios sucios de la familia del presidente, esas ya famosas “saunas” que todos conocemos.
Ahora el miserable lucha por ser el “sanchista” más destacado y por y para eso ha sacado a pasear el cuerpo sin vida del que fuera presidente de Aragón. Me explico, todo el mundo sabe que los fracasos electorales del PSOE son imputables, única y exclusivamente a Sánchez y, para apartarlo del foco, genera esta polémica responsabilizando al fallecido del descalabro socialista. No se puede ser más miserable. Podía atacar a Page que está vivo y podría contestarle, no, mejor a un fallecido que no tiene defensa posible.
En política activa todos cambian, son sumisos. Recuerdo una conversación con el exministro Miguel Sebastián tras una mesa redonda aquí en Madrid cuando le dije que no conocía su capacidad para comunicar, como si la hubiera ocultado, a lo que me respondió que, cuando uno es ministro no le dejan hacer o decir algunas cosas y que en el ejercicio del poder, los ministros tenían muchas limitaciones para hacer cosas, a pesar de su sinceridad, le dije que, en ese caso, sería mejor dimitir pero me recordó que desde la oficina económica de Moncloa se acabó con el impuesto de patrimonio por injusto y me lo explico de una forma genial, indubitable. Lamentablemente luego llegó Rajoy y recuperó ese impuesto que sigue siendo injusto, tanto que en unas comunidades se recauda y en otras se bonifica al 99%.
Peor fue cuando otro presunto miserable, el exministro Montoro, celebró el nuevo impuesto a la lotería por todo lo alto. En la educación que he recibido, no se concibe el ensañamiento contra un fallecido, aunque tampoco comparto la idea de que un segundo después de fallecer cualquiera pasa a ser “una buena persona”, entre lo uno y lo otro hay siempre un hueco para el respeto a la memoria de cualquiera que ya no esté entre nosotros. El respeto debido es una línea roja que la política no debe degradar, pero en la España de Sánchez ya no quedan líneas rojas que traspasar ni principios que respetar, vale todo y los miserables caben en su política. El que es un miserable en su faceta pública, seguramente lo es más en su vida privada, es una forma de ser, una actitud ante la vida y con los demás.
Así pues, Óscar López es un individuo tóxico, del que debe apartarse cualquiera y tenerlo de ministro es una vergüenza y una desgracia para todos. Espero que, a este miserable, le llegue también su San Martín, políticamente hablando claro.
