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En mi casa se ve la Super Bowl. Bueno, la ve mi marido. A mí el fútbol americano me aburre aún más que nuestro soccer, que es mucho decir. En los últimos años, ni siquiera me ha llamado la atención el espectáculo musical del medio tiempo. Demasiados ritmos urbanos para lo que soy capaz de tolerar, lo confieso. Este año quería ver la apertura, con Green Day, que no defraudó con un American Idiot que desde el lunes no puedo dejar de escuchar en bucle. Pero el intermedio, con Bad Bunny, no me atraía demasiado. Y eso que ya había dado pistas al recoger el Grammy.

La verdad es que la aquí firmante suele mirar con mala cara todo aquello que suene a reguetón. Aprecio infinidad de músicas y ritmos, pero no tengo flow para el dembow. Quizá es generacional. O ideológico: me pongo mala cuando escucho letras que cosifican a las mujeres e, incluso, incitan a la violencia sexual. Y me comen todos los demonios cuando veo a niños, niñas y adolescentes cantándolas a pleno pulmón. Por si les “renta”, que dirían ellos. Por si les “cunden” esos comportamientos.

Así que no me queda otra que confesar que lo que pasó en el intermedio del partido entre los Seattle Seahawks y los New England Patriots rompió muchos de mis prejuicios. Porque Bad Bunny no apareció en el Super Tazón para reivindicar el derecho de pernada. Benito Antonio Martínez Ocasio aprovechó el mayor altavoz del país para mostrar poder: el suyo, simbólico, y el de los millones de personas por las que hablaba.

Cantó en español. En el escenario más visto del planeta. En los tiempos del ICE y del miedo. En el evento más patriótico de los Estados Unidos. Nombró la América completa, reivindicando símbolos y banderas. Y lo hizo sin complejos. Sin pedir permiso ni, mucho menos, perdón. Sin traducción. Sin subtítulos innecesarios en un país con más de 57 millones de hispanohablantes, muchos de ellos ciudadanos de pleno derecho que siguen siendo discriminados. Un país sin lengua oficial, sin nombre y sin gentilicio. Porque “americano” lo es todo el mundo desde Alaska hasta la Patagonia, aunque algunos insistan en apropiárselo. La paradoja es obscena: querer decidir quién pertenece cuando ni siquiera se ha resuelto cómo llamarse.

A lo que íbamos, que me disperso. Bad Bunny no gritó consignas. No hizo falta. Hizo algo peor para ciertos sectores: celebró. Celebró la cultura latina, la alegría, el mestizaje, la diversidad. Y al hacerlo, puso frente al espejo a una América que se empeña en negarse a sí misma. La que persigue migrantes pero consume su música, su comida y su trabajo. La que presume de libertad mientras legisla contra la comunidad LGTBI y criminaliza la diferencia.

Todo el espectáculo fue un grito de identidad. Un recordatorio de que la grandeza de ese país nunca estuvo en la pureza, sino en la mezcla. Nunca en los muros, sino en los cruces de caminos. Nunca en la homogeneidad, sino en la pluralidad y la fusión que hoy se intenta borrar a golpes y balazos.

Lo de Bad Bunny fue la puesta en escena, durante casi 14 minutos, de la dignidad. Una intervención cultural que recordó que la exclusión no es el camino, aunque haya quien la esté legislando. Una performance política que reivindicó derechos ganados hace siglos.

Y una alberga esperanza. No en los matones que quieren imponer su punto de vista a golpe de hielo. En la cultura que se cuela por debajo. En la música. En los bailes. En las personas.

Porque si un artista latino puede ocupar el centro del mayor escenario del país sin traducirse, sin bajar la cabeza y sin disfrazarse de lo que no es, algo se está moviendo.

Porque si millones de personas bailan en español mientras otros se indignan en inglés, quizá el futuro ya esté aquí, por mucho que moleste a algunos.

Porque lo único más poderoso que el odio es el amor.

Porque sí, siguen aquí. Y juntos hacen América.

No es que me vaya a poner a perrear mañana, por mucho que pueda hacerlo sola. Pero tienes todo mi respeto y admiración, Benito.