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Barbacid, un científico pidiendo

El cáncer de páncreas es una de las enfermedades más letales de su género y avanzar en su curación no es solo un éxito científico, es una esperanza tangible para miles de personas. Por eso, la investigación biomédica no es un lujo ni un capricho, es una inversión estratégica para la humanidad y cada avance científico multiplica las posibilidades de salvar vidas.

Dicho esto, avergüenza a los españoles que Mariano Barbacid, uno de los científicos españoles más prestigiosos del mundo que ha logrado regresiones completas del cáncer de páncreas en sus modelos experimentales, tenga que aparecer en un vídeo pidiendo ayuda económica para continuar sus investigaciones. Es muy triste que sus estudios dependan de la buena voluntad de donantes privados y de campañas casi artesanales y que esto ocurra en España con un gobierno que alardea de modernidad y presume de progreso y de compromiso con la sanidad pública.

Mientras tanto, el mismo Gobierno es muy generoso repartiendo fondos públicos en subvenciones a organismos opacos, fundaciones de dudosa utilidad o proyectos ideologizados nacionales e internacionales –están en el BOE– cuya aportación al bienestar común es nula o, cuando menos, cuestionable. El contraste resulta obsceno: recursos abundantes para lo accesorio, escasez para lo esencial.

Ofende más esta situación el caso del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). Durante años salieron a la luz denuncias sobre la polémica gestión de este organismo marcada por el despilfarro, decisiones nada transparentes y conflictos internos que erosionaron su credibilidad. Que millones de euros públicos se diluyan en una mala gobernanza mientras un equipo científico de primer nivel lucha por sobrevivir presupuestariamente es una irresponsabilidad política y moral.

Un país que no protege a sus mejores científicos está despreciando el talento y negando la posibilidad de salvar miles de vidas y si esto convive con la corrupción, el despilfarro y el derroche de recursos públicos en estructuras inútiles o mal gestionadas, el problema deja de ser económico y pasa a ser moral.

Barbacid no pide privilegios, pide tiempo, medios y continuidad. Pide lo indispensable para transformar conocimiento en curaciones. Que tenga que hacerlo en las radios y en platós de TV deja en evidencia al ministerio responsable que ha normalizado el abandono de la investigación de excelencia. Y abochorna e indigna que su peregrinaje por los medios de comunicación se produzca mientras millones de euros se evaporan en el CNIO y otros “chiringuitos”.

La investigación para curar el cáncer de páncreas no puede depender de la caridad, debe ser una prioridad absoluta del Estado. Porque invertir en ella no es una cuestión de progreso, es una cuestión de justicia y de responsabilidad, es

un deber moral y una apuesta por la vida.