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Entre el 29 de diciembre y el 8 de enero, los usuarios de X –la red social anteriormente conocida como Twitter– generaron tres millones de imágenes sexualizadas con Grok. De ellas, 23.000 eran de menores.

No es una cifra lanzada al aire. Lo recogen dos informes independientes: uno de The New York Times y otro del Center for Countering Digital Hate (CCDH, por sus siglas en inglés), una ONG británico-estadounidense dedicada a vigilar el discurso de odio y los abusos en plataformas digitales.

Durante once días, la inteligencia artificial de Elon Musk produjo una media de 190 imágenes sexualizadas por minuto. ¡Más de tres por segundo! Y no porque a la IA se le ocurriera nada por sí sola. No. Fue a petición expresa, y detallada, de los usuarios.

Nos pusieron una herramienta de edición de imágenes en las manos y nos liamos a pedirle que desnudara a hombres, mujeres y niños. Sí, también niños. Y niñas, claro. Conviene insistir, por si no hubiera quedado claro.

Los informes detallan que casi la mitad de esos tres millones de imágenes correspondían a mujeres con bikinis transparentes, piernas abiertas o cuerpos mojados. Había cantantes, actrices, políticas y mujeres anónimas perfectamente reconocibles. Imágenes generadas, en muchos casos, a partir de fotos reales que ellas mismas habían publicado previamente en la red.

Parece que nos gusta eso de convertir cuerpos en objetos disponibles que podemos usar a nuestro antojo. Lo hacemos sin remordimiento. ¿Por qué nos va a inquietar? ¿Quién va a pensar en algo parecido al consentimiento en semejantes circunstancias?

Quizá no debería sorprendernos. X, quizá haciendo gala de su nombre, se ha convertido, con una naturalidad pasmosa, en una de las mayores redes de distribución de pornografía del mundo. Se estima que unos quince millones de usuarios la utilizan para consumir parte de los dos millones de tuits pornográficos que se publican cada día. Nada clandestino. Nada marginal. Todo a plena luz.

Después, cuando vemos los archivos de Epstein, se nos eriza la piel. “Qué monstruos”, pensamos, con razón. Quizá hasta nos quedamos cortos, porque monstruosidad es un término ligero para describir ciertas prácticas. Pero no vemos lo que está al alcance de nuestra mano. Si mirásemos más cerca, a estas cifras que reflejan prácticas masivas, a esta velocidad industrial del deseo, nos preguntaríamos cuántos de nosotros también lo somos. Monstruos, sí. Porque todo hay que medirlo en su dimensión: cada uno deshumaniza y asusta en su propia escala.

Decía Oscar Wilde que “todo en el mundo trata sobre sexo, excepto el sexo; el sexo trata sobre poder”. Y quizá ahí esté la clave. No es deseo, es dominio. No es placer, es jerarquía. No es erotismo, es control.

En pleno Siglo XXI ya no cazamos para sobrevivir, no explicamos la ciencia con mitos y no necesitamos fecundar a cuantas más hembras mejor para asegurar la continuidad de la especie. Sin embargo, la pulsión sexual sigue alojada en la amígdala cerebral. Y ahí seguirá por mucho tiempo. Automática, sin ética, sin pensamiento. Predatoria. Un divertimento. Como si fuera algo inocente, que no hace daño a nadie (que se lo pregunten a la adolescente que subió una foto antes de entrar al colegio y se encontró con que alguien la había editado para mostrar algo que nunca hizo).

El verdadero fracaso no es tecnológico, sino moral. No estamos a la altura de las herramientas que hemos creado. No porque sean peligrosas, sino porque nos han mostrado sin filtros quiénes somos cuando nadie nos mira.

Y eso, más que miedo, provoca una profunda tristeza. Porque no es un fallo del sistema. Es un espejo. Y no es bonito lo que nos devuelve.