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El título no es una errata ni un cuento. ¡Ojalá! El nivel de degradación de nuestra democracia parece no tener fin de la mano del presidente Sánchez. Especialista en montar “relatos” y acompañado de un coro mediático muy potente, con estómagos agradecidos incluidos, ha cambiado los valores del sistema por aspiraciones de poder absolutamente personales que le afectan a él, a su familia y a su partido. 

Vale todo en la España de Sánchez, no hay principios y el valor de la palabra dada es un eufemismo que oculta oscuros intereses que, en forma de cambios de opinión, domina a la perfección el presidente. Del consenso de la transición hemos pasado al chantaje, de la concordia al odio alimentado desde el poder, del diálogo al muro que divide a los españoles, del convencimiento a la conveniencia, de la democracia a este ambiente irrespirable que solo entiende de aritmética a costa de todos los compromisos.

Da igual pactar con los herederos de ETA que regalar el estado a pedazos a los separatistas que quieren romper España, también le es indiferente acabar con la separación de poderes con tal de apuntalar su sillón en Moncloa y practica con ninguna decencia el “si no puedes convencerlos, confúndelos”. Y con estos antecedentes tenemos a un secretario de organización socialista en la cárcel, a otro que acaba de salir, pero con billete de vuelta, a un ministro macarra de transportes que pretende descargar su responsabilidad política en la muerte de 46 personas en fallos técnicos que escondan los errores cometidos en el mantenimiento de las infraestructuras ferroviarias, a responsables nombrados por el propio presidente que se escapan del apagón sin dar explicación alguna. Si hay que cederle los impuestos a Cataluña se le ceden, los aeropuertos a los vascos, se les dan y si hay que premiar a los catalanes a costa de todos los españoles con una financiación a su medida pues adelante.

No hay línea roja alguna que no esté dispuesto a saltarse Pedro Sánchez con un único objetivo, atornillarse al poder. Pone en peligro a la Corona y, esta, parece demasiado sumisa con las órdenes de Moncloa, consiguiendo agradar a la izquierda y decepcionar a los españoles que confían en la Monarquía. En la independencia de la fiscalía ya no cree nadie, el tribunal Constitucional es un órgano al servicio del “sanchismo”, despreció al parlamento con aquello de “puedo gobernar sin el legislativo” y despreció a las familias de las víctimas al ausentarse de un funeral religioso, por deseo de las propias familias, porque era el cumpleaños de su imputada mujer.

Parece que el promotor de la “máquina del fango”, el propio Sánchez, se ha dado cuenta de que el comodín de “Franco” ya no le funciona, que llamar fascista a todos y por cualquier cosa tampoco le va bien, que alimentar el supuesto miedo a la extrema derecha ha dejado de tener efecto y, ahora, el miedo se le tiene al propio Sánchez y su enorme cohorte de ministros que, salvo raras excepciones, no tienen futuro alguno fuera del poder. Esta es la auténtica razón por la que se amarran a sus sillones, ven cerca el fin de su “chollo” y me cuentan que hasta Yolanda está aprendiendo a calcetar porque algo tendrá que hacer el día de mañana.

El respeto que mostró Sánchez con la dictadura venezolana tiene que tener alguna razón que tampoco conocemos, pero que conoceremos más pronto que tarde, llegando al extremo de llamar “retenidos” a los presos políticos torturados en los centros de tortura chavista que, aún hoy, siguen “trabajando”. O España cambia ya su rumbo y desalojamos democráticamente a este candidato a autócrata o nuestro futuro será más negro que el petróleo venezolano.