Un truhan no puede ser un señor
Esto no va sobre Julio Iglesias. O no solo. Su nombre es la excusa para hablar del modelo de masculinidad que encarna y que llevamos décadas aplaudiendo: el seductor, el mujeriego, el campeón. El truhan “casi fiel en el amor”. El pícaro, el pillín, el golfete, el vividor. Un hombre con peligro que no parece peligroso, porque es educado, amable, encantador.
Tan encantador que no vemos, o no queremos ver, que mide su éxito contando mujeres. Que normaliza la infidelidad porque para él no tiene coste emocional. Que reduce la virilidad a una cuestión de cifras, aunque estén hechas de polvo. O de polvos, nunca mejor dicho.
El personaje del seductor sigue siendo atractivo. Llega envuelto en terciopelo. No grita. No empuja. No deja huellas claras. Consigue que todo parezca casual, inocente. Como mucho, lanza una broma sin mala intención. Hasta que le sigues el juego, claro. Ahí es cuando puede adjudicarte la responsabilidad de sus actos. Porque él no inicia nada. Se limita a ocupar el espacio, con una mezcla de éxito, carisma, encanto y seguridad aprendida, y a construir una intimidad tibia que no levanta sospechas. El resto, piensa, correrá de tu cuenta.
Y suele funcionar. Porque, por sorprendente que resulte, muchas mujeres siguen celebrando como un éxito que se fije en ellas, que les hable, que les haga un like, que les envíe un mensaje. Les sorprende que sea tan accesible, tan normal. Y, sin darse cuenta, lo colocan en el apartado de las buenas personas.
Pero no lo es.
No es accesible: abusa de su poder. Y, ojo, porque no hace falta tener una gran fortuna, llenar estadios ni vivir en una mansión en el Caribe. Basta con ser alguien en tu trabajo, en tu sector, en tu ciudad, en tu mundillo… Es suficiente con tener el poder justo para despertar fascinación. Para manipular. Para hacer que el consentimiento se vuelva más frágil. Difuso. Resbaladizo.
Este tipo de hombre no actúa desde la seguridad: lo hace desde la carencia maquillada. Tampoco es inocente: va de caza. Tiene un método. Y está armado. Con prestigio, con admiración, con impunidad.
Y no te busca: le vale cualquiera. Se conformará con la que esté más cerca. O más dispuesta. Porque al seductor le gusta el movimiento, no el encuentro; la validación, no el vínculo; la disponibilidad, no la persona.
Y, aun así, no nos cansamos de alabar su bondad. Lo divertido que es. Lo encantador que resulta.
En estos últimos días, no puedo dejar de preguntarme qué tiene de buena persona usarte como espejo. Qué tiene de divertido no verte como persona, sino como oportunidad. Qué hay de encantador en cazar validación como quien colecciona trofeos.
Quizá sea que las acciones de estos casanovas caen en un terreno abonado durante décadas. En una cultura que ha celebrado y protegido al hombre que acumulaba cuerpos como quien almacenaba medallas. Que ha convertido la diferencia de edad en símbolo de estatus. Que ha normalizado la infidelidad como daño colateral del genio –o simplemente del macho–. Que ha llamado vida intensa a lo que muchas veces fue abuso de posición. Incluso cuando esa posición parezca irrisoria comparada con una estrella del rock. O de la música romántica, como es el caso.
Ahora toca esperar a que actúe la justicia. Pero mientras tanto, lo que corresponde no es reescribir canciones ni hacer karaoke de indignación tardía. Toca revisar el marco. Dejar de corear los temas. Desmontar la cultura que justifica y excusa ciertos comportamientos. Dejar de llamar seducción a lo que es asimetría. Romper los silencios que se disfrazan de prudencia. Dejar de sentirse elegida cuando no hay atracción, ni encanto, ni misterio. Cuando solo hay hambre y dominio. Porque el problema no es la canción, sino todo lo que aplaudíamos mientras sonaba.
